lunes, 2 de febrero de 2009

Jaime del Valle

El doctor Jaime del Valle ha, ciertamente, cambiado mucho. Conseguí en él pocos rastros del muchacho que conocí hace tres años. De sus noches de embriagarse queda sólo un reproche de hombre maduro. De su amor detallista, queda el aislamiento. Exacerbado está, sin embargo, su deseo de ayudar, sus principios y su testarudez. Su inteligencia y sentido del humor agudizados por los años. De Jaime estudiante quedan también los argumentos laberínticos y la capacidad de reir.

Es indudable que el doctor Jaime ha sido siempre un personaje particular, desde su inclusión en la historia. Tras una separación extraña logró sumergirse en las sombras y aparecer de repente, sólo cuando fuese necesario, sin dar señales de querer renunciar a su nomadismo y asentarse como amigo. He pensado que tal vez no quiera o no pueda.

Es probable que no tenga tiempo, que no le interese o que no se sienta cómodo. A pesar de eso, no se va. Me alegra saber que cuento con él, sino para la cotidianidad, al menos para lo que importa y que puede volver más calmado y menos infantil.

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