miércoles, 25 de febrero de 2009

dos domingos de lluvia

Ella no se escudaba de la lluvia, no en realidad. La lluvia era sólo un acompañante indeseado e inoportuno que pareció completar el patético cuadro de su humor, como cuando todo está oscuro en las películas de terror. El caso es que corría bajo esa cascada interminable sin prestarle atención, concentrada en su desgracia personal, sin saber y sin importarle adónde llegaría. Creo que en ese momento sí lo sabía. Sabía que necesitaba un imposible, una coincidencia de esas que no alegran, sino que dejan sabor a absurda incomodidad. Fue entonces cuando tocó el timbre.


Esperaba algo diferente, sin lugar a dudas. Quería encontrarse una cara desconocida que no le importara, pero lo encontró a él, con su cara de todos los días. Acotó mentalmente que en pijamas y desconcertado se veía mucho menos amenazador. La lluvia seguía cayendo, el silencio era cada vez más impenetrable y nunca supieron cuánto tiempo estuvieron así. “Pasa”, dijo él y ella pensó que los convencionalismos habían regresado finalmente a su educada mente inglesa.


Pasó, dejando grandes lagunas en el piso de parqué. “¿Quieres llamar a alguien?” Era algo lógico, sin duda. Sin embargo, Sara no tenía ningún deseo de hacer eso. Vinieron a su mente pedazos de las últimas dos horas: la carta, la confesión, los gritos, ella huyendo, una señora durmiendo en las escaleras de un edificio, un niño comiendo un helado, la lluvia, la puerta.


Pasaron los minutos, arrastrándose perezosamente. Se miraban, se estudiaban. Sara disfrutaba estar bajo techo, pero no pensaba en nada más. Isaac se preguntaba qué habría ocurrido, únicamente por curiosidad, porque sólo la conocía de vista. Recordó que no le había ofrecido nada y quiso saber si quería agua. Ella rió, recordando indudablemente que venía de caminar bajo un aguacero. Él rió también, dándose cuenta de lo estúpida que era la pregunta y decidiendo que mejor le ofrecía café o chocolate caliente.


Sara era alérgica al chocolate y el café no le gustaba, pero obvió estos detalles y dijo que un chocolate estaría muy bien. Él salió de la amplia habitación. Se quedó nuevamente sola con los fragmentos incomprensibles de esa noche y pensó por primera vez en el futuro. Eso lo cambiaba todo, no podría volver…al menos no tan pronto. Buscó en sus bolsillos y no encontró nada. Inmediatamente supo que conseguir alojamiento en Londres sin dinero podría resultar complicado. La idea vino a su cabeza fruto de una gran desesperación, pero la descartó en poco tiempo.


Él regresó con una taza del Manchester United. “Gracias” dijo ella luego de haberse tomado la mitad. Él no respondió, la observaba de nuevo, tratando de adivinar. Ella se percató y decidió que debería dar alguna explicación, aunque fuese falsa e increíble. “Salí a caminar, perdí la noción del tiempo y cuando empezó a llover salí corriendo de donde estaba y no supe encontrar el camino de vuelta”. Lo dijo muy lentamente y él supo que no era cierto. “Claro, con lluvia es mucho más difícil orientarse” tuvo que convenir porque en realidad no quería saber la verdadera historia.


Sara limpió sus anteojos con una servilleta y las palabras la abandonaron antes que pudiera detenerlas. “Escucha, sé que no te conozco”. Isaac asintió, era tan evidente aquello que no tenía sentido responder. “Pero no puedo volver hoy…a mi casa, quiero decir, no es por la lluvia…nadie es tan idiota. De verdad no puedo”. Él fijaba en ella sus ojos, más inquisidores que antes. “No tengo dinero ni planes. No los tenía cuando salí” lo miró suplicante, pensaba que tal vez no tendría que pedirlo, que él llegaría a la misma conclusión. Él se sentó en el otro sillón, meditando.


No podía pedirle que se quedara allí, sabía lo poco que le agradaba a su padre tener visitas. Por otra parte, no podía devolverla a la noche, a la lluvia y a la soledad. Recordó vagamente las noticias de ese día, pobre muchacha con sólo 16 años. No podía tampoco acompañarla a ninguna parte, no sabía de hoteles ni posadas. No podía darle dinero porque no tenía. No era que se sintiera verdaderamente conmovido por su situación, pero era una encrucijada de sentido común y culpa. Se fijó de nuevo en ella, con sus lentes más sucios que antes, completamente empapada y mirándolo con fe injustificada.


“Habrá primero que secarte”. Sara abrió los ojos, presa del asombro. Él no dejó que contestara y ella no sabía qué decir. “Luego podrás dormir en la cama de mi cuarto, yo iba a dormir en el sofá de todas formas”. Ella sonrió agradecida por la hospitalidad y la mentira. Él desapareció otra vez.


Bajó con una toalla a los pocos minutos. Ella se secó, o al menos lo intentó. Subieron. Él le mostró la puerta de su cuarto y volvió a bajar. Sara entró, se acostó en una cama vigilada por fotos de artistas y calendarios escolares y ya no recordó nada más. Se iban las peleas, los niños, las señoras, las puertas y las cartas.


Despertó cuando el sol no se había puesto aún. Escribió rápidamente una nota y salió de la casa de Isaac Michaels. Él despertó dos horas después, sin tiempo para extrañarse, porque ya era tarde. Recuerdos insólitos de Sara Ellery danzaban en su memoria. Subió a su cuarto y, aunque no pudo imaginarla durmiendo allí, vio la nota y se vistió. Su madre gritó algo incomprensible desde la planta baja. Él bajó y salió de la casa sin responder.


Sara lo veía desde lejos, él nada sabía. Lo estudió un rato. Isaac Michaels la había sorprendido la noche anterior. No tenía antes de ese momento ninguna idea preconcebida sobre él, pero no le agradaban los de su tipo, en general. Creía, y en el fondo lo mantenía pese a la amabilidad que le mostró, que era un muchacho vulgar, poco profundo y de limitada imaginación. Reía a carcajadas en ese momento, junto a los demás. Sara supo, no obstante, que la broma no le causaba risa y que Isaac tampoco tenía convicciones.


Siempre que analizaba a una persona desconocida, hacía lo posible por hacerla desagradable, por vestirla de defectos y magnificar sus manías. Con Isaac fue diferente, no podía evitar que su pensamiento indiferente se regodeara un poco en la gratitud. Se vio obligada a recordar las cobijas y las sábanas, la lluvia, el chocolate, la prudencia, el desinterés y la generosidad. Supuso que tal vez no fuese tan vulgar. De la imaginación y la profundidad no sabía nada y no opinó. Escuchó su risa y se convenció. No era falta de convicciones, era miedo a la soledad. Mientras caminaba hacia él le dio mérito, porque compartían el mismo miedo.


La miraron extrañados e hicieron silencio. Ella se acercó a él para dejar claro que no tenía interés en dirigirse a nadie más y Isaac frunció el ceño, esperando. “Sólo quería agradecerte como es debido” le tendió la mano. Él la tomó y le dijo que no había sido nada. La vio alejarse demasiado pronto. Sus amigos ya habían retomado la conversación y los chistes que él no entendía.


No la vio hasta después de dos días. Estaba sentada en una banca y se veía incluso más frágil que el día de la lluvia. Aunque él no recordaba un día en que se viera completamente saludable. Buscó en su mente una excusa para acercarse. No veían clases juntos, no tenían amigos en común y no hacían las mismas actividades extracurriculares. Nada. Isaac saludó a Miles, derrotado.


Ella caminaba distraída. Recordando la conversación de la tarde anterior. Se estremeció como si pudiera oír el sonido de la puerta cerrándose y los gritos, muchos gritos, tantos gritos. Él la había visto, pero decidió que debería chocar contra ella para que su encuentro tuviese sentido. Los libros cayeron, los bolsos se abrieron. Él se disculpó, ella lo miró interrumpiendo sus tortuosos pensamientos. “Hola”. Era un saludo idiota, de niños, insuficiente. “Muy bien ¿y tú?”. Ella no había preguntado y él se dio cuenta demasiado tarde de eso. “Debes estar en realidad muy bien, proclamándolo a todo el que te encuentras”. No fue un comentario odioso, sino una expresión espontánea de su sarcasmo, y lo hizo reír. “Pensé que te gustaría saber”. Ella se alejó al darse cuenta que podría comenzar una conversación amigable con él. Lo dejó cuando aún reía e Isaac no entendió lo ocurrido.


Las tardes eran siempre iguales. No que le disgustara su cómoda rutina, pero era irrefutable que sus tardes se pasaban sin novedad alguna. Televisión, deberes, teléfono, un deporte, una película. La nota llegó en circunstancias inexplicables y fue bienvenida inconcientemente. Era simple, nadie podría imaginar al leerla que se trataba del decimonono borrador. Isaac la observó unos instantes: “Ser amigos es imposible, te debo una. Muchas gracias por tu amabilidad ese día”. Nunca tuvo verdaderos deseos de iniciar una amistad con Sara Ellery. Lo intrigaba, sin embargo.


La escena era familiar, la lluvia volvía a acompañarla, constante, pesada, como si tratara de consolarla. Recordó sabiamente que debía mantenerse alejada de esa calle. Vio un aviso que decía algo sobre la grama. Un perro dormía frente a una tienda, dos niños la miraban desde una ventana, una pareja se besaba al lado de un poste. Londres no se daba cuenta, nunca lo hacía.

Isaac regresaba a su casa cuando comenzó a llover y decidió atravesar el parque. Su insensata conciencia le recordó que no debía pisar la grama. Vio la panadería frente a él y lamentó no haber comprado pan, miró fugazmente a la pareja que se besaba y recordó a Michelle. Esas imágenes siempre le recordaban a Michelle. Vio una chica a lo lejos. Supo que la conocía. Podría ser Katherine o Louise. No podría dejar a ninguna de las dos bajo la lluvia. Se acercó, demasiado, a su parecer y se encontró cara a cara con Sara Ellery.


“Ese día pensé que había sido un accidente, pero ahora sé que disfrutas caminar bajo la lluvia los domingos”. Eso había dicho. Sara dedujo en ese momento que tal vez no le faltara tanta imaginación, era la segunda vez que la sorprendía con una respuesta inteligente. Sonrió a pesar de todo, de la situación, de la lluvia y de sí misma. “No lo habrías comprendido si te lo hubiese dicho”.


Él entendió en ese momento que tenía autorización para continuar la conversación. “Estoy atrasado con mis ejercicios ¿Te acompaño?”. Vio que, como aquella noche, ella no notaba el peligro que significaba caminar sola por una calle de Londres a las 3 de la mañana. El sentido común de Sara se activó, cosa que rara vez hacía, perteneciéndole a ella. “Bueno”.


Esa noche no se volvieron amigos. Se refugiaron en un parque. Sara preguntó la hora y él contestó que no tenía reloj. Isaac comentó que había llovido mucho últimamente y Sara le recordó que vivían en Inglaterra. Isaac recurrió entonces a preguntar los gustos de Sara, confirmando luego que no se parecían en nada a los suyos. Ella quiso contribuir a la estancada conversación y preguntó entonces qué planes tenía. Isaac no podía responderle inteligentemente. De hecho, no podía responderle en forma alguna porque la verdad es que no tenía idea. Sara le comentó su bien trazado plan y él pareció impresionado. La lluvia dejó de caer, interrumpiendo sus esfuerzos por sentirse cómodos en la presencia del otro.


No, esa noche no se hicieron amigos. No obstante, Isaac supo que Sara tenía sentido del humor, y planes y gustos exóticos y Sara supo que Isaac no tenía reloj, ni un futuro descifrado, ni gustos impresionantes. Después de esa noche, Isaac estuvo seguro de que Sara Ellery no quería hablar de lo que pasaba los domingos de lluvia y Sara supo que Isaac Michaels era una buena persona, aunque hiciera comentarios evidentes.


Años después recordarían la lluvia con melancolía. Reirían por lo insólito que fue todo y se preguntarían qué habría pasado si ese domingo la mamá de Sara no hubiese descubierto las infidelidades de su esposo.

1 comentarios:

A las 25 de febrero de 2009 a las 21:07 , Anonymous Anónimo ha dicho...

esta tambien es conocida, me alegra que te animaras a subirlas al blog!...

tanto de sara he tenido yo!

 

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