Carla Santiago, primera parte.
David Acuña llegó al restaurante señalado 15 minutos antes. Aún así, sabía que ella ya estaría esperando y, efectivamente, la encontró sentada junto a la ventana. Pocas veces había tenido la oportunidad de observar descaradamente la excepcional belleza de aquella mujer. Su piel oscura contrastaba con el paisaje enmarcado por la ventana, la luz volvía amarillos sus ojos verdes y el cabello negro caía en rizos desfachatados hasta la mitad de su espalda. Estos últimos constituían la única característica de su cuerpo que admitía excesos. No poseía ninguna curva exótica, no había nada más en su cuerpo que desbordara de ninguna manera, nada insolente. Contenida en proporciones perfectas, su negritud parecía incongruente. Tenía una delgadez aristocrática, era de esa gente a quienes la suerte les ha alargado el cuerpo y los ha tallado con rasgos extremadamente afilados, más propensos al estoicismo que a la calidez humana. Nadie podría haberla confundido con alguien inferior.
Observaba todo a su alrededor con excesiva atención, dando la impresión, bastante exacta, de sentirse fuera de lugar en aquel restaurante de mediana categoría. Lo más que lograban sus nobles esfuerzos era hacer parecer que trataba de mezclarse con gracia en un cuadro de colores demasiado opacos para ella.
Él la saludó sin ceremonias y ella le brindó una sonrisa mientras lo invitaba a sentarse.
- Creí que no vendrías -
- Ser puntual es llegar a tiempo, no llegar antes -
Ella no se rio, hizo en cambio la mueca que se esboza al leer una frase escrita por Mark Twain. No tuvo nada que decir.
- Además, no podía perder la oportunidad de verte comer costillas de cerdo con las manos - Prosiguió él.
- Solamente diré una cosa: en todo restaurante hay pollo a la canasta con papas fritas...hasta en los que tú eliges, David -
Él sí rio con ganas.
- Vi tu último trabajo. Me pareció...interesante -
- Si te pareció interesante hay tres opciones: quieres salvaguardar nuestra relación, no lo entendiste o es espantoso. No sé qué fue peor: hacerlo o tener que promoverlo una vez terminado. ¡Ah, no! Lo peor es que tengo un contrato para filmar la secuela.
- A veces pienso que tienes más alma de escritora que de actriz, viendo la forma como te destruyes -
- Es una acotación apropiada, de haber confiado más en mi intelecto, me habría gustado escribir. Lamentablemente, es más fácil seducir a un espectador que a un lector.
Tomó un sorbo de su copa de agua sin parecer acongojada en lo más mínimo por la dura crítica de la cual era autora y objeto. David pensó, no obstante, que sería prudente cambiar de tema.
- Me habías dicho que tu madre estaba enferma ¿Cómo sigue? -
Justo cuando ella puso de nuevo la copa sobre la mesa y abrió la boca para contestar, se acercó un mesonero que había esperado pacientemente un instante oportuno para interrumpir la charla. Los saludó con un discurso habitual en el cual se presentaba y recitaba, sin mucha destreza, los especiales del día. Carla Santiago lo miró de arriba abajo con expresión pensativa y estableció, en menos de dos minutos, que aquel hombre era o muy incompetente o muy poco experimentado para transmitir con precisión la orden que le gustaría hacer, así que esperó hasta el final de su retahíla para pedir pollo a la canasta con papas fritas. David, por su parte, era naturalmente descomplicado y pidió las costillas de cerdo por las cuales era famoso el lugar.
Carla retomó la conversación:
- Mi madre ha mejorado notablemente, pero no sé si valdría la pena dar crédito a sus numerosos médicos. Flor de Santiago es pésima paciente, creo que trata sus enfermedades con la misma terquedad con que afronta todo lo demás. A veces me convenzo de que ella simplemente decide cuándo curarse.
- Supongo que parte de su enfermedad también habrá sido emocional...con el disgusto que le dio Diana.
- Francamente, me parece una ridiculez, todos sabíamos que Diana era lesbiana. No decirlo era, sencillamente, más fácil y daba tiempo para imaginar excusas, mentiras y realidades alternativas, no cambiaba nada.
Carla no podía evitar hablar de su hermana menor con un tono de sobreprotección, lo cual resultaba extraño, porque nunca había considerado la posibilidad de convertirse en madre y tampoco se había visto nunca como una figura de autoridad en la vida de Diana. Tal vez era un sentimiento que se desarrolló orgánicamente a través de los años al ver cómo la vapuleaban extraños y familiares por igual. Su hermana no era un astro alrededor del cual se construyeran galaxias, su luz exigua no impresionaba a nadie. David quiso explicarse mejor:
- Obviamente, no fue nada sorpresivo, me refiero a que probablemente habría sido mejor esperar -
- Diana tiene 25 años, calculo que ha esperado unos 13 años para comunicarnos con lenguaje hablado sus preferencias. Yo no habría esperado ni dos.
- Es muy cómodo decir eso, nunca te va a tocar tener esa conversación con tus padres.
Ella valoró durante algunos segundos lo que acababa de escuchar. Se había cruzado con muy pocas personas capaces de contradecirla, pero David lo hacía muy acertadamente.
- Tienes razón.
Llegó la comida y la conversación se detuvo por algunos minutos. Una vez más David se regocijó en la gracia con la cual su compañera se sumergía en el silencio. No demostraba jamás ansiedad por rellenar espacios y él se sentía libre de cambiar el foco de su atención sin pensar que la aburría. La realidad era que Carla Santiago necesitaba muchas cosas, pero no más atención.
- ¿Quieres una de mis papitas fritas? - Preguntó ella al cabo de un tiempo prudencial.
- Cuidado, Carla, dirá la gente que somos amantes.
- La gente dice muchas cosas, David, sobre todo la gente con mucho tiempo de ocio.
Él cogió la papita sonriéndole, lo cual debía marcar el final de esa interacción, había llegado el momento de pasar a otra cosa. Con ella todo dependía del tiempo, los actores viven de mentiras, pero también de momentos.
- ¿Qué tal está tu prometido?
- Bien. Sigue filmando el documental del que te hablé en el sur. Creo que pasará otras tres semanas allá. Me gustaría acompañarlo, tal vez así no tendría que responder por enésima vez que no tenemos fecha de boda aún. Yo pensaría que los periodistas estarían mejor informados.
- Tienes que entenderlos, hace año y medio que se comprometieron. La gente empieza a especular.
- Ya establecimos que la gente tiene más tiempo libre del que necesita- Replicó ella, adusta como siempre, pero sin hostilidad.
Su severidad sorprendía a David cada vez que se reunían. Carla era un ser inflexible, liso, perfectamente resguardado dentro de sí mismo, era tan hermosa que parecía haber sido creada por alguien y estaba desprovista de toda superficialidad. A pesar de ejercer una profesión que se alimenta de la aprobación de otros, era una persona completamente inaccesible. El único tipo de persona capaz de proponer una relación como la que ellos mantenían. El sonido de una música genérica interrumpió las reflexiones de David y, cuando éste vio que el teléfono de Carla hacía acto de presencia, supo que el almuerzo había terminado. La conversación fue breve, pero logró confirmar sus sospechas.
- Es Marcia, ya debe haber llegado el fotógrafo. Tenemos que pedir la cuenta, pero ¿Te gustaría pedir algún postre para llevar? -
- No, gracias - Dijo él sin ocultar cierta tristeza.
El contrato que había firmado dos años antes establecía términos muy claros para la amistad ficticia que él debía proporcionarle, pero verla partir aún le resultaba difícil y el momento de recibir el pago que le correspondía, irremediablemente incómodo. Carla tenía, no obstante, la cualidad de hablar como si lo que dijera fuese un hecho observable y medible que no tuviera por qué suscitar emociones o juicios, era quizás por ese motivo que David consideraba su inusual trabajo poco cercano a la prostitución.
- ¿Cuánto te debo? - Preguntó ella al tiempo que abría su monedero.
- Hora y media, así que serían 450-
- Perfecto - dijo Carla mientras le tendía un billete de 500 - Quédate con los 50 ¿El martes que viene a la misma hora? - Preguntó mientras le estrechaba la mano, único contacto físico que le era permitido.
- Como siempre - Respondió David, como quien cierra una negociación.
Observaba todo a su alrededor con excesiva atención, dando la impresión, bastante exacta, de sentirse fuera de lugar en aquel restaurante de mediana categoría. Lo más que lograban sus nobles esfuerzos era hacer parecer que trataba de mezclarse con gracia en un cuadro de colores demasiado opacos para ella.
Él la saludó sin ceremonias y ella le brindó una sonrisa mientras lo invitaba a sentarse.
- Creí que no vendrías -
- Ser puntual es llegar a tiempo, no llegar antes -
Ella no se rio, hizo en cambio la mueca que se esboza al leer una frase escrita por Mark Twain. No tuvo nada que decir.
- Además, no podía perder la oportunidad de verte comer costillas de cerdo con las manos - Prosiguió él.
- Solamente diré una cosa: en todo restaurante hay pollo a la canasta con papas fritas...hasta en los que tú eliges, David -
Él sí rio con ganas.
- Vi tu último trabajo. Me pareció...interesante -
- Si te pareció interesante hay tres opciones: quieres salvaguardar nuestra relación, no lo entendiste o es espantoso. No sé qué fue peor: hacerlo o tener que promoverlo una vez terminado. ¡Ah, no! Lo peor es que tengo un contrato para filmar la secuela.
- A veces pienso que tienes más alma de escritora que de actriz, viendo la forma como te destruyes -
- Es una acotación apropiada, de haber confiado más en mi intelecto, me habría gustado escribir. Lamentablemente, es más fácil seducir a un espectador que a un lector.
Tomó un sorbo de su copa de agua sin parecer acongojada en lo más mínimo por la dura crítica de la cual era autora y objeto. David pensó, no obstante, que sería prudente cambiar de tema.
- Me habías dicho que tu madre estaba enferma ¿Cómo sigue? -
Justo cuando ella puso de nuevo la copa sobre la mesa y abrió la boca para contestar, se acercó un mesonero que había esperado pacientemente un instante oportuno para interrumpir la charla. Los saludó con un discurso habitual en el cual se presentaba y recitaba, sin mucha destreza, los especiales del día. Carla Santiago lo miró de arriba abajo con expresión pensativa y estableció, en menos de dos minutos, que aquel hombre era o muy incompetente o muy poco experimentado para transmitir con precisión la orden que le gustaría hacer, así que esperó hasta el final de su retahíla para pedir pollo a la canasta con papas fritas. David, por su parte, era naturalmente descomplicado y pidió las costillas de cerdo por las cuales era famoso el lugar.
Carla retomó la conversación:
- Mi madre ha mejorado notablemente, pero no sé si valdría la pena dar crédito a sus numerosos médicos. Flor de Santiago es pésima paciente, creo que trata sus enfermedades con la misma terquedad con que afronta todo lo demás. A veces me convenzo de que ella simplemente decide cuándo curarse.
- Supongo que parte de su enfermedad también habrá sido emocional...con el disgusto que le dio Diana.
- Francamente, me parece una ridiculez, todos sabíamos que Diana era lesbiana. No decirlo era, sencillamente, más fácil y daba tiempo para imaginar excusas, mentiras y realidades alternativas, no cambiaba nada.
Carla no podía evitar hablar de su hermana menor con un tono de sobreprotección, lo cual resultaba extraño, porque nunca había considerado la posibilidad de convertirse en madre y tampoco se había visto nunca como una figura de autoridad en la vida de Diana. Tal vez era un sentimiento que se desarrolló orgánicamente a través de los años al ver cómo la vapuleaban extraños y familiares por igual. Su hermana no era un astro alrededor del cual se construyeran galaxias, su luz exigua no impresionaba a nadie. David quiso explicarse mejor:
- Obviamente, no fue nada sorpresivo, me refiero a que probablemente habría sido mejor esperar -
- Diana tiene 25 años, calculo que ha esperado unos 13 años para comunicarnos con lenguaje hablado sus preferencias. Yo no habría esperado ni dos.
- Es muy cómodo decir eso, nunca te va a tocar tener esa conversación con tus padres.
Ella valoró durante algunos segundos lo que acababa de escuchar. Se había cruzado con muy pocas personas capaces de contradecirla, pero David lo hacía muy acertadamente.
- Tienes razón.
Llegó la comida y la conversación se detuvo por algunos minutos. Una vez más David se regocijó en la gracia con la cual su compañera se sumergía en el silencio. No demostraba jamás ansiedad por rellenar espacios y él se sentía libre de cambiar el foco de su atención sin pensar que la aburría. La realidad era que Carla Santiago necesitaba muchas cosas, pero no más atención.
- ¿Quieres una de mis papitas fritas? - Preguntó ella al cabo de un tiempo prudencial.
- Cuidado, Carla, dirá la gente que somos amantes.
- La gente dice muchas cosas, David, sobre todo la gente con mucho tiempo de ocio.
Él cogió la papita sonriéndole, lo cual debía marcar el final de esa interacción, había llegado el momento de pasar a otra cosa. Con ella todo dependía del tiempo, los actores viven de mentiras, pero también de momentos.
- ¿Qué tal está tu prometido?
- Bien. Sigue filmando el documental del que te hablé en el sur. Creo que pasará otras tres semanas allá. Me gustaría acompañarlo, tal vez así no tendría que responder por enésima vez que no tenemos fecha de boda aún. Yo pensaría que los periodistas estarían mejor informados.
- Tienes que entenderlos, hace año y medio que se comprometieron. La gente empieza a especular.
- Ya establecimos que la gente tiene más tiempo libre del que necesita- Replicó ella, adusta como siempre, pero sin hostilidad.
Su severidad sorprendía a David cada vez que se reunían. Carla era un ser inflexible, liso, perfectamente resguardado dentro de sí mismo, era tan hermosa que parecía haber sido creada por alguien y estaba desprovista de toda superficialidad. A pesar de ejercer una profesión que se alimenta de la aprobación de otros, era una persona completamente inaccesible. El único tipo de persona capaz de proponer una relación como la que ellos mantenían. El sonido de una música genérica interrumpió las reflexiones de David y, cuando éste vio que el teléfono de Carla hacía acto de presencia, supo que el almuerzo había terminado. La conversación fue breve, pero logró confirmar sus sospechas.
- Es Marcia, ya debe haber llegado el fotógrafo. Tenemos que pedir la cuenta, pero ¿Te gustaría pedir algún postre para llevar? -
- No, gracias - Dijo él sin ocultar cierta tristeza.
El contrato que había firmado dos años antes establecía términos muy claros para la amistad ficticia que él debía proporcionarle, pero verla partir aún le resultaba difícil y el momento de recibir el pago que le correspondía, irremediablemente incómodo. Carla tenía, no obstante, la cualidad de hablar como si lo que dijera fuese un hecho observable y medible que no tuviera por qué suscitar emociones o juicios, era quizás por ese motivo que David consideraba su inusual trabajo poco cercano a la prostitución.
- ¿Cuánto te debo? - Preguntó ella al tiempo que abría su monedero.
- Hora y media, así que serían 450-
- Perfecto - dijo Carla mientras le tendía un billete de 500 - Quédate con los 50 ¿El martes que viene a la misma hora? - Preguntó mientras le estrechaba la mano, único contacto físico que le era permitido.
- Como siempre - Respondió David, como quien cierra una negociación.


1 comentarios:
Deberías ser la electora de nombres oficial en nuestra familia, definitivamente. BTW, en la ofi hay una pasante llamada Renata :O
La historia previa me dejó desconcertada. ¿Algo ha regresado?, tal vez sólo es ficción.
Esta historia resultó venir con desenlace extraño jeje, pero me gustó mucho. Yo quisiera volver a escribir pero mi musa la enterré. Debo buscarme otra fuente inspiracional o lanzarme de lleno con la expresión pictórica que se me da mejor ;)
Espero poder hablar pronto de estos y otros asuntos. Llegar puntuales, o antes, para vernos un rato.
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio