miércoles, 25 de febrero de 2009

la muerte se ríe a veces

Cuando a Marcia le dijeron que iba a morir, no se sorprendió: siempre había presentido que su vida sólo se prolongaría un par de décadas. La tristeza llegó, inevitable pero no arrolladora. Los planes a medio construir terminaron de desplomarse y fueron reemplazados por despedidas premeditadas. La seguridad de la muerte nunca la amenazó…no como el recuerdo de aquél fin de semana.


Ella nunca debió proponerlo y él nunca debió aceptar. Marcia decidió engañarse y pensar que las reglas habían sido lo suficientemente claras, fue difícil afrontar luego ese instante de egoísmo. Él creó las fantasías lógicas, ignoró los acuerdos y quiso encontrar posibilidades en las crudas palabras.


El día llegó, Marcia lo vio y su voluntad falló, los recuerdos volvieron, las convicciones se quebraron y las reglas trataron de desaparecer, pero su decisión había sido irrevocable. Él no tenía una decisión por la cual preocuparse, no había confusión alguna en su mirada, no había conflicto, sólo una contradicción: el nerviosismo habitual y la tranquilidad de saber lo que se quiere.


Los días cumplieron todas las expectativas: él la amó como si el tiempo no hubiese transcurrido, mucho más de lo que ella se merecía y ella lo amó con total conciencia del pasado y sabiendo que el futuro no iba a cambiar. Los días terminaron como ella sabía que ocurriría y como él esperaba que no ocurriera. Ella recordaría ese tiempo con una nostalgia insuficiente, hiriéndolos a ambos.


Tiempo después, todo el peso de su error cayó sobre ella. Él le pidió que recordase, que se atreviera y ella le pidió que razonara, que viera la complejidad del asunto. El diálogo llevó a la ruptura y ella decidió que no lastimaría a nadie más.


La noticia llegó meses después. La causa no le interesaba: un tumor cualquiera o un irremediable sin nombre. Obedeció a su madre en cuanta alternativa propuso, rezó todo lo que pudo y viajó lo necesario, aceptando también las soluciones extranjeras que de nada podían servir. Siempre supo la importancia de ese mes. No albergó en esos treinta días ninguna esperanza, pero comprendió sin dificultad el propósito de cada examen, de cada avión, de cada domingo. No se permitiría manifestar la apatía que quería sentir, no se abandonaría, como habría sido lógico y, sobre todo, no dejaría a nadie pensando que pudo haber hecho más.


La tristeza subsiguiente la afectó mucho. Habría preferido que su familia tuviera, como ella, la inquebrantable convicción de que eso debía suceder, de que no había en esa muerte nada de prematuro, de que su vida siempre había estado destinada a ser un boceto. Dejó que la tristeza llegara, no obstante, y se ahogó un poco en ella mientras trataba de mantenerlos a flote.


Encontraba por lo general mucha paz en la certeza de la muerte. Por lo general…menos cuando lo recordaba, menos cuando se trataba de él. Una tarde le escribió un mensaje simple e inverosímil, algo que él podría no creer: “Voy a morir”. La respuesta llegó unas horas más tarde: “Sorpresa, no eres inmortal, pero tampoco es para que te pongas dramática. Todos vamos a morir”. Marcia no pudo evitar reír, él siempre había tenido un sentido del humor similar al suyo. Luchó con las palabras, no quería arruinar tan rápido el contacto trivial. “Cierto, debe ser que soy demasiado original y por eso me retiro antes”. Él le escribió inmediatamente, comenzando a entender: “¿A qué te refieres?”. No había forma de prolongarlo. “Me dijeron hace unos meses, es irremediable. Quería avisarte”.


Vino la llamada, la confirmación, el asombro y el silencio. Ella lo dijo sin pensarlo, quizás porque era demasiado cierto: “Te quiero conmigo”. En ese momento lloró por primera vez, junto a él y vio cómo la muerte le sonreía irónica, diciéndole que se había equivocado y que ya no podría remediar su error del todo.


Él penetró una vez más sus barreras, como si nunca hubiesen existido. Volvió a su vida sin rencor o tal vez con demasiado pesar. La amó fervientemente, con desesperación, como habría elegido amarla toda una vida. Ella comprendió que no habría tiempo para una relación, que no habría ataduras, ni problemas que resolver, ni niños, ni casa, ni facturas, ni cotidianidad. Supo que lo amaría como siempre había querido amarlo: con libertad y sin dudas.


Ella murió en sus brazos, arrepentida sólo de haberse limitado a darle este amor mediocre y turbio, de haber ensordecido ante sus opciones, de no haber perdonado a tiempo, deseando inútilmente poder vivir más años a su lado. Él supo el momento exacto en que su corazón dejó de latir, como si lo hubiese escuchado detenerse. Se aferró a ella, sin despedirse y sin dejarla ir.


Marcia entendió todo muy tarde, él lo supo siempre.

2 comentarios:

A las 25 de febrero de 2009 a las 21:04 , Anonymous Anónimo ha dicho...

mmm... historia conocida.
historia que me gusta mucho! bastante en realidad!!

 
A las 12 de marzo de 2009 a las 10:52 , Anonymous Anónimo ha dicho...

que ha sucedido con m escritora predilecta??? has desaparecido! se la razon pero por favor vuelve pronto!! ;)

 

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