lunes, 26 de agosto de 2013

Un par de botas blancas

Esta es una historia que escribí para otros. Pero, aunque algunos no quieran reconocerlo, los hijos son de quien los pare y los ve crecer.





UN PAR DE BOTAS BLANCAS
La familia es la crisálida de los seres humanos y, aunque no siempre garantice mariposas de gran colorido, normalmente logra con su influencia contundente moldear nuestra identidad.

Pero si la familia es el origen de lo que se solidificaría como “nosotros” ¿Cuál es el origen de la familia? Tal como está constituida es el resultado de una cadena de casualidades y causalidades que datan desde las raíces del árbol que engendró la manzana del pecado original. Entonces, si hablamos de la familia ¿Por dónde empezamos? ¿Por la mirada anhelante que el tatarabuelo le regaló a la tatarabuela en la plaza del pueblo mientras ella se pavoneaba cubierta de encajes? ¿Por ese instante en el cual la madre entró al salón de clases gobernado por el futuro padre creyendo que en unos meses se casaría con otro? ¿Por el ticket de barco que el hermano mayor del bisabuelo compró esperando que lo llevara a tierras de esperanza? ¿Por la última inhalación que la abuela hizo antes de darle la vida a la madre de un empujón? ¿Por dónde? 

En este caso, tal vez por la magia que otorga al relato la inverosimilitud de los gestos descritos o por ser un testimonio auténtico del poder que tiene el azar, la historia de los Bárcenas Barreto comienza con un par de botas blancas.  

Aquel día, el Sr. Markoff parecía tener más prisa de la usual y, efectivamente, agradecía en su fuero interno estar montado sobre un animal tan noble como la mula, la cual soportaría sus abusos para acelerar la marcha. Una fuga de agua en su casa había retrasado la salida hacia la hacienda más de una hora y él miraba su reloj con impaciencia. Tal vez pensaría que la intensidad de sus movimientos urgiría tanto a la mula como al paso impertérrito del tiempo. 

Mientras secaba las gotas de sudor que perlaban su frente, mezcla de intenso calor y creciente angustia, se preguntaba si la fascinación de los últimos meses no habría llegado demasiado lejos. Después de todo, nadie lo esperaba en su conuco antes de las 8 de la mañana, bien podría cambiar el rigor de esta nueva rutina por una hora más de sueño o algún paseo despreocupado por el pueblo. Estas opciones habrían sido interesantes, si él no hubiese sabido que en el pueblo nada había nunca nuevo y que Morfeo no podría jamás conjurar en sus sueños a una criatura tan cautivadora como la que vería, con suerte, dentro de algunos minutos. 

Recordó la primera vez que la vio y se dibujó en su rostro de ébano una sonrisa. Ella se había parado al borde del camino y, aunque la encontrara atareada con labores bastante mundanas, al Sr. Markoff le había parecido mágica, como un oasis que se le apareciera de pronto en aquel revoltijo de sol y arena. La consideró tan bella, que no pudo evitar pensar que estaba fuera de lugar en la humildísima casa que habitaba, como si por años hubiese tratado de mezclarse sin éxito en un cuadro de colores demasiado opacos para ella. 

Trató de memorizarla en los instantes que pasaron y maldijo la imprecisión de su cerebro, sabía que la imagen en él guardada palidecía cual copia ante la majestuosidad de la mujer original. Le sería imposible volver a ver en su mente cómo el viento transformaba su oscura melena en una marea salvaje alrededor del cráneo, cómo las pequeñas y finas manos se afanaban con eficiencia sobre la ropa que iría a parar en la cuerda de secar, cómo su blanca piel había sucumbido en algunas zonas al Sol que amparaba su jornada ni cómo su cuerpo rotundamente femenino solamente podía adivinarse bajo el vestido pudoroso. Esperó entonces con fervor que la muchacha no fuese una visitante casual y que la vida volviera a ponerla al borde del camino.

Al día siguiente, imitó con exactitud las actividades del día anterior, asumiéndolas como etapas de un hechizo que haría aparecer de nuevo a la hermosa muchacha. Tan buenos resultados obtuvo, que cuando pasó con su mula frente a la casa casi encontró al objeto de su embeleso en la misma posición. Lo que el Sr. Markoff probablemente no sabía era que la vida de las familias que trabajan para subsistir está regida por el más estricto horario, el día no admite pereza. De esta manera pasaron los días, viendo al Sr. Markoff consolidar una nueva rutina con el único objetivo de dedicarse, al menos durante algunos minutos, al culto de la contemplación. 

Al cabo de algunas semanas había logrado perfeccionar el trayecto, resolviendo que, cada vez que pasara frente a la casa sería conveniente fingir un agotamiento que requiriera reposo inminente, el cual le regalaría la desfachatada posibilidad de sentarse en una piedra y observar sin reparos a la hermosa muchacha. Valdría agregar que aparte de hermosa era despistada, ya que había ignorado, hasta ese momento, la presencia del enamorado silencioso. En esta primera fase, el amor del Sr. Markoff estaba atrapado entre la ilusión y el hecho, contentándose con lo que sus ojos veían todos los días y con las conjeturas que su mente lograba hacer. Sin embargo, la agonía de adorar a un ser del cual no conocía ni el nombre, ni el sonido de la voz, ni la forma de las ideas, eventualmente hizo que quisiese dar por terminado el acto del hombre cansado y enfrentar sus sentimientos a la posibilidad de lo real. 

Es por ello que aquel día de retrasos y sufrimientos para la mula y el reloj, el Sr. Markoff hacía su recorrido habitual con una nueva determinación. En su mano izquierda, arrugado y gastado, estaba el guion que días antes le escribiese Luis, uno de sus amigos más cultos y de mayor confianza. Resultaría sorprendente que un hombre tan exitoso necesitase apoyo escrito para abordar a una muchacha campesina, pero el Sr. Markoff sufría el mal de todo inmigrante al sentir que su castellano era aún demasiado débil como para llevar sobre sus hombros el peso de ese primer encuentro. Quizás habría adelantado mucho más el acercamiento a la muchacha si la hubiese visto al borde del camino en su pueblo de Trinidad y Tobago, seguro de compartir con ella una única lengua madre. No era éste el caso y, viendo que el contorno de la casa se dibujaba ya en el horizonte, el Sr. Markoff empezó a recitar las frases de Luis en voz baja, esforzándose por no parecer un demente que habla solo o, peor aún, con su mula. 

La hermosa muchacha, fiel a su cotidianidad, colgaba la ropa en la cuerda de secar sin percatarse mucho de lo que ocurría a su alrededor, por lo cual el Sr. Markoff tuvo que llamarla varias veces y simular una ligera tos antes de que sus palabras cayeran en oídos atentos. Con cierta resequedad en la boca preguntó:

-        - Disculpe, Señorita, me gustaría presentarme: mi nombre es Pedro María Markoff ¿Podría decirme su nombre? –
-           
       - Socorro – Respondió ella dubitativa. 

-        - No hay necesidad de pedir ayuda, solamente quería saber su nombre – Las palabras comenzaban a traicionar a Markoff, quien no había previsto que su primera frase pudiera parecer agresiva o aterradora. El sudor volvía a su frente, delatando su ansiedad. 

Pasaron algunos segundos sin que ninguno de los dos hablara, tiempo durante el cual el Sr. Markoff fue testigo de los más curiosos cambios en el rostro de la hermosa muchacha. En un principio se juntaron las cejas y se afinaron los labios en un gesto de confusión, luego se abrieron grandes los ojos y la boca formó una ligera “O”, señalando la llegada de la comprensión y finalmente, como bálsamo que lograra aliviar su perturbado ánimo, los labios piadosos dejaron ver dientes perfectos y se iluminó la mirada en una sonrisa absoluta. La hermosa muchacha soltó una carcajada. 

-       - Me llamo Socorro – Dijo ella, cada vez más intrigada por este hombre tan distinguido  y de hablar tan peculiar.
El Sr. Markoff rio también, pero inmediatamente masculló algo acerca de no imaginar que ese pudiera ser un nombre de mujer y miró al suelo, avergonzado. Socorro comprendió que habían llegado a un impase y quiso tomar las riendas de la extraña conversación.
-          
             - ¿Necesita algo? –

La mirada expectante de ella hizo ver al Sr. Markoff que su oportunidad podría desvanecerse si no recuperaba su temple, confiaba en sí mismo y recordaba su guion. Respiró profundo y respondió. 
-       
         -  Yo siempre paso por su casa camino a mi hacienda de café y quería decirle que desde hace unas semanas la observo porque es usted la muchacha más hermosa que yo haya visto en mi vida. Ha encantado mis sentidos y mi corazón sin siquiera conocer su nombre.

A pesar de su belleza innegable, era la primera declaración de amor que Socorro oyera en sus 18 años. Las palabras de Markoff la sumieron en un silencio en el que se apiñaban emociones de diversa índole. No sabía si lo más sabio era alegrarse de su suerte o recelar las intenciones de este hombre negro como la noche y evidentemente extranjero. Lo dejó continuar su monólogo.
-      
        -  Hoy respetuosamente me acerco a usted porque sé que mi amor no es merecedor aún de su favor, pero le propongo lo siguiente: dentro de unos días parto hacia Caracas en un viaje de negocios que durará varias semanas. ¿Qué le gustaría que le trajera? Pídame lo que desee. 

Socorro sonrió de nuevo, esta vez los ojos no la acompañaron: era un gesto irónico. Por supuesto que sabía lo que quería, en otras circunstancias habría contestado al instante. Pero aquel hombre había llegado hablando de belleza y de corazones y rápidamente había transformado su ofrenda sentimental en un encargo de la capital que probablemente sería olvidado al fondo de su maleta. La muchacha habría creído que el amor real se valdría menos de promesas. El Sr. Markoff esperaba con una mirada pueril y Socorro decidió finalmente seguir el juego de lo que le parecía una petición absurda.
-           
      - Quiero un par de botas blancas –
-          
           -   Así será – Replicó Markoff, confiado.


Las visitas al valle caraqueño eran siempre iguales, particularmente si se era un hombre tan recto y melancólico como el Sr. Markoff: una serie de noches de hotel que de ninguna manera podían compararse con la comodidad de su gran casa de Cumanacoa, comidas en restaurantes lujosísimos donde pedía los platos más criollos, buscando en vano sabores que le recordaran la comida de María Concepción, su cocinera sexagenaria y reuniones con otros hombres de negocios que le parecían afectados en exceso, como si tuvieran que pagar una cuota de pedantería extra por vivir en la capital. A esta lista de añoranzas se sumaban, ahora, un camino polvoriento, una cuerda de secar, un hogar campesino y una hermosa muchacha. 

Socorro se escabullía dentro de sus pensamientos a toda hora. Durante las importantísimas sesiones estratégicas con otros señores exportadores de café, se sorprendía a sí mismo reviviendo los hechos de la última mañana que pasó en Cumanacoa, cual náufrago que vuelve a leer mil veces el único libro que lo acompaña con la esperanza de encontrar cambios en la trama. Imaginaba a Socorro sonriendo de nuevo ante la reacción alarmada que tuvo él cuando, al oír su nombre, creyó que ésta pedía ayuda, desesperada. La imaginaba riendo e instándolo a que siguiera hablando. La imaginaba callada mientras escuchaba sus palabras de devoción. Pero, sobre todo, la imaginaba decepcionada y escéptica al darse cuenta de que el galante viajero no traía consigo más que el juramento de un obsequio. La aprensión de la hermosa muchacha era su más fuerte motivación y, el último día de su estada en Caracas, el Sr. Markoff se levantó a primera hora y preguntó a la recepcionista dónde se conseguían los mejores zapatos de la ciudad. 

Entró al establecimiento indicado y fue inmediatamente atendido por una señorita complaciente, que lo había juzgado especialmente atractivo. Le sonrió con todos los dientes y no habría podido imaginar que, acto seguido, aquel hombre derrochador de masculinidad le pediría un par de botas blancas de mujer. Viendo la mirada embarazosa de la vendedora, el Sr. Markoff se apresuró a aclarar que se trataba de un regalo. Aliviada por no estar lidiando con uno de esos hombres excéntricos de inconfesables tendencias oscuras, le indicó dónde se encontraban los calzados que correspondían a la descripción ofrecida. El Sr. Markoff miraba los numerosos pares de botas sin entender exactamente cuál era la diferencia entre ellos. Volvió a dirigirse a la vendedora.

-          - Necesito un par de botas blancas que puedan conquistar a una mujer. A la más hermosa mujer-
Sonrojándose y envidiosa de la suerte de aquella desconocida, la señorita reflexionó un momento antes de tomar el par que estaba más a la izquierda de la exhibición.  
-          
             -  Estas llegaron en barco desde Francia, son las favoritas de las señoritas de dinero. 

El Sr. Markoff asió una de las botas señaladas y la miró detalladamente, tratando de imaginar si las proporciones del pequeño pie que recordaba estarían acordes a lo que tenía entre sus manos. Es cierto que no tenía forma de saber la talla de la hermosa muchacha y que este era un detalle de importancia que debía haber evaluado. Tras algunos segundos de silencio, la vendedora prosiguió su explicación:
-           
       - El precio es elevado, pero cuentan con un bonito diseño y son a la vez cómodas y duraderas.

El último adjetivo fue decisivo para la compra. Si un regalo tiene como fin ser una primera ofrenda de amor, debería poder caracterizarse como duradero, debería ser un presagio convincente. El Sr. Markoff dijo que compraría las botas, pidió que se las envolvieran con el papel más bonito que tuviesen y salió de la tienda unos minutos después, seguro de llevar dentro de la caja de zapatos su mejor chance de obtener la felicidad.   

Desde el día en que se le acercara el distinguido señor de apellido Markoff con sus inesperadas declaraciones de amor, Socorro se había repetido a sí misma innumerables veces que nunca vería los frutos de la promesa que éste le hiciera, que la posibilidad de tener unas botas blancas era tan lejana como antes del extraño encuentro y que había que ser muy tonta para emocionarse pensando en lo ocurrido. Se lo repetía como una letanía y se golpeaba en la cabeza cada vez que su mente, traicionera, regresaba a aquella mañana. Pero todos los días sus ojos, desobedientes, dirigían una deseosa mirada hacia el arenoso horizonte tras el cual se ocultaba el mito que ella llamaba Caracas. Todos los días sin falta y todos los días sin vislumbrar nada diferente en el paisaje. 

No obstante, exactamente tres semanas después, la confusa línea del horizonte se vio interrumpida por una figura borrosa que se acercaba sobre lo que asemejaba una mula. Socorro fijó los ojos en la sombra ambulante, esperando con tiempo y con esperanza, hasta que se presentó ante ella el Sr. Markoff. La muchacha intentó que su rostro pareciera indiferente, sin mucho éxito, y fue la primera en hablar. 

-          - Usted de nuevo. Pensé que no lo volvería a ver –
-     - Le dije que le traería las botas blancas y no hablo nunca en vano – Dijo él, tendiéndole la caja envuelta en aristocrático papel. 

Los ojos de Socorro se abrieron con incredulidad, pero esta vez era del tipo positivo, del tipo que recibe luego de mucho tiempo la ansiada recompensa a la cual había renunciado. Tardó un tiempo en agarrar el regalo y, una vez desgarrado sin ceremonia el envoltorio y retirada la tapa, no pudo suprimir una exclamación de júbilo. Las botas sobrepasaban sus expectativas, eran mucho más deslumbrantes que las de las señoritas que deambulaban frente a su casa prendidas del brazo de algún caballero. Se permitió unos segundos de silenciosa admiración de los objetos iguales en diseño pero opuestos en orientación: los tocó, los olfateó, acarició las líneas perfectas y el tacón discreto. No eran de corte muy alto, habían sido concebidas para el lujo, con el propósito de que ningún vestido largo pudiera opacar el intrincado esquema de la parte superior. Eran tan preciosas que no lograba entrever un momento de su modesta vida en el cual pudiera llevarlas sin pensar que estaba disfrazada del talón para abajo. Salió corriendo sin decir nada al hombre que no la perdía de vista. El Sr. Markoff dudó, pero terminó persiguiéndola. 

Llegaron a un riachuelo que discurría detrás de la casa de Socorro y la muchacha dio inicio a un ritual que se repetiría, a partir de ese momento, todos los días que ella pasara al borde del camino. Se deshizo con presteza de las alpargatas que vestía desde hace más de cuatro años y procedió a lavarse primero el  pie derecho y luego el pie izquierdo, cuidando de eliminar por completo la capa de tierra que cubría las blancas plantas y la arena que se había colado entre los dedos. Cuando hubo terminado el minucioso trabajo, desenlazó los cordones de sus nuevas botas y se las puso con lentitud, temiendo que el delicado obsequio pudiera romperse. Oyó un suspiro del Sr. Markoff, quien había asistido a toda la escena, apoyado contra un árbol detrás de ella. El hombre se alegraba de ver que las medidas coincidían cabalmente, habría sido insensato que una mujer como aquélla esperara tres semanas por unas botas que no le quedaran bien. Socorro había olvidado su presencia, atrapada en su excitación. Se volteó y le sonrió de nuevo. El Sr. Markoff comprendió el mudo agradecimiento y consideró pertinente retirarse. 

-          - Volveré mañana, señorita Socorro – Dijo quitándose el sombrero.
-           
           - Vuelva todos los días, si quiere-  Respondió la hermosa muchacha. 

¡Qué suerte que fueran blancas las botas! Aunque algo resquebrajadas por los años, combinaban a la perfección con el vestido que Socorro de Markoff luciría el día de su boda y eran el complemento ideal para la nueva vida que la esperaba, lejos del borde del camino.

1 comentarios:

A las 4 de septiembre de 2014 a las 17:22 , Anonymous Argenis Marcoff ha dicho...

Aunque conociendo esta historia puedo decir que no deja de ser interesante.. Lo mas interesante, es si usted seria tan amable en dejar saber quien se se la contó? De antemano gracias!

 

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