Tras bastidores de estar bien
A estas alturas, estar bien y estar mal parece que se
encontraran en el mismo horizonte, sonriendo porque la probabilidad los acuna
por igual.
Estar bien es eso que nos creemos a falta de una mejor
mentira. Estar bien tiene la misma cara que estar mal, cuando deberían ser tan
distintos como tú y como yo.
Estar bien es que yo te mire con los ojos desmesurados,
expectantes y que te muestre los dientes, feliz porque por una vez no me
explotó el mundo.
Estar bien es como estar mal, pero haciendo menos ruido, para
descansar en una paz cautelosa que pone los pelos de punta y los pies en
puntillas para caminar por ese piso de vidrio.
Estar bien es que la hostilidad se asome solamente un
poquito frente a los otros, lo suficiente para levantar una ceja pero no tanto
como para que puedan adivinar.
Estar bien es la castidad de reírnos juntos, de saber que
nos parecemos y que podríamos depender del otro para toda la vida. Estar bien
es repetirnos que esa complicidad no tiene igual en nadie más.
Estar bien es ver altivos a los que sí se arrancan la piel a
mordiscos todas las noches, mientras nosotros suspiramos dándonos la espalda en
la cama y contando los días para que nos caiga encima una tormenta de
soluciones.
Hemos inventado tantas formas insuficientes de estar bien, que
estamos bien para afuera. Estar bien es
la fotocopia a color de estar mal.
Estar bien es el azar de los días buenos y malos, es el
ardor en las falanges, es sentirse atrapado en la dicotomía del otro.
Estar bien es no querer salirse todavía, creyendo que algún
día podremos estar mal como quienes se aman.


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