sábado, 11 de abril de 2009

las increíbles aventuras de Layla, Parte III.


- ¿Han sido recurrentes esos episodios? –


La calculadora voz de la Dra. Stevens la sobresaltó. El mutismo de los últimos diez minutos sólo había sido interrumpido por las anotaciones frenéticas de la psiquiatra y Layla había esperado fervientemente que se prolongara hasta el final de la sesión.


Estaba sentada en un gran sillón de cuero, indudablemente confortable de una manera tradicional. Desconocía la apariencia del consultorio, pero asumió que era un reflejo fiel de la arrogancia que su dueña destilaba. Frente a ella, una mujer de casi cincuenta años luchaba con tres problemas fundamentales, en su opinión: una conducta distante, producto posiblemente de una vida sin retos, el uso de eufemismos que no lograban disfrazar su incredulidad y el hecho de buscar anomalías en la mente de una persona completamente cuerda. La paciente se permitió suspirar profundamente, decidida a no seguir enmascarando su aburrimiento y respondió con voz cansada.


- Todas las noches desde el 23 de julio –




El efímero mundo de los sonidos, tan insignificante para algunos, permitía a Layla desentrañar los misterios de la realidad. Dotada de una audición excepcional, había aprendido desde temprana edad a confiar principalmente en lo que oía, dejando los otros tres sentidos como recursos de emergencia. De esta manera, se acostumbró a distinguir las sutilezas que diferenciaban cada voz, a desenterrar el sarcasmo de las frases más inocentes y a construir identidades utilizando patrones de marcha o respiración.


Fue por eso que, tras haber escuchado por cuarta vez los inconfundibles pasos de la difunta Victoria en su casa, Layla se despojó de toda duda. Supo que, sin importar cuántas excusas pudiese idear y en contra de toda lógica, su mejor amiga había logrado volver. Se preguntaba frecuentemente si había sido desterrada por Hades o si la Iglesia Católica había creado una campaña publicitaria que incluía un segundo Lázaro. La muerte se convirtió en su obsesión, llenándola de sombras.


Comenzó a separarse de la vida sin siquiera notarlo, renunció a las melodías y a sus huidas literarias habituales, exploró lo pagano y recorrió lo sagrado. Desafortunadamente, los laberintos estudiados terminaban enfrentándola con su fe, notoriamente debilitada, y se sintió acorralada. Sólo consiguió avalar sus teorías con algunos testimonios demasiado fantásticos. Layla diría años después que la génesis de su frustración no era la oscuridad, sino el sentirse tan lejos de la luz.


Los señores Duque, aunque irrefutablemente inteligentes, eran incapaces de adivinar las batallas de su hija y tuvieron muchas dificultades en comprenderla. Al principio atribuyeron el carácter inusualmente retraído de la muchacha a una tristeza esperada, tomando en cuenta las circunstancias. Sin embargo, cuando terminó el primer mes y vieron que su estado estaba lejos de mejorar, empezaron a alarmarse. Intentaron dialogar con ella sin resultado alguno, Layla los amaba incondicionalmente y no confesaría jamás la causa de su perturbación. Rehusaba exponer a dos personas tan convencionales a una explicación basada en un fenómeno sobrenatural.


Un jueves en la tarde, la señora Duque decidió que se dedicaría a buscar respuestas. Sabía que ese día Layla se vería obligada a ir a la academia de danza y aprovecharía las dos horas que pasaría allí. Subió las escaleras con la intención de pedirle a su hija el teléfono pera llamar a la oficina y avisar que no iría. Se detuvo abruptamente, podía oír murmullos sofocados de una conversación en curso. Contra todos sus principios y aupada por la más genuina desesperación, puso su oreja contra la puerta.


- ...¡Te digo que puedo oírla! Todas las noches es lo mismo…yo tampoco lo entiendo, Javier, pero Victoria ha regresado y trata de decirme algo –


La voz de Layla se debatía entre la euforia y la confusión. Su madre no escuchó nada más, bajó las escaleras lentamente, horrorizada. Habría cambiado ese momento de entendimiento por otros tres meses de sospechas injustificadas, no podría soportar jamás que su única hija se hubiese entregado a la locura. Con lágrimas en los ojos entró al comedor, donde su esposo leía plácidamente el periódico. Al verla, el señor Duque alzó sus pobladas cejas con preocupación, pero no tuvo oportunidad de articular palabra.


- La situación es mucho peor de lo que creíamos, Federico –




- ¿Has establecido algún tipo de comunicación con este…fantasma? –


Layla frunció el ceño, interesada por primera vez en la conversación. Debía admitir que se había conformado con escuchar atentamente el caminar apresurado de su amiga desde la seguridad de su habitación, sin atreverse a bajar las escaleras y confrontarla.


- No – Contestó con total honestidad.


- ¿Por qué? –


- Tengo miedo –


- ¿De lo que pueda decirte? –


En realidad, temía que la muerte se la llevara de nuevo, pero optó por no decirle eso a la persona encargada de evaluar su salud mental. Respondió con una verdad incompleta.


- No sólo eso, también me asusta no saber qué decir -


Un timbre anunció el final de la consulta. Volvía a escucharse el ruido del lápiz corriendo raudo sobre un pedazo de papel. Layla pensó que eso le daba permiso para retirarse y se levantó. Agarró el picaporte y, antes de salir, alcanzó a oír las últimas palabras de la psiquiatra. Su voz estaba teñida de incertidumbre y su paciente no se equivocaba al suponer que estaba probando un nuevo enfoque.


- Debes hablarle, no vuelvas la próxima semana si no lo haces –

2 comentarios:

A las 12 de abril de 2009 a las 10:07 , Blogger Denis J. González ha dicho...

LOVE IT!!! I was lying about liking the other two.. but this one, love it!!! XD I'll be waiting for the next one!!!

 
A las 13 de abril de 2009 a las 21:48 , Anonymous Anónimo ha dicho...

"Estaba sentada en un gran sillón de cuero, indudablemente confortable de una manera tradicional. Desconocía la apariencia del consultorio, pero asumió que era un reflejo fiel de la arrogancia que su dueña destilaba. Frente a ella, una mujer de casi cincuenta años luchaba con tres problemas fundamentales, en su opinión: una conducta distante, producto posiblemente de una vida sin retos, el uso de eufemismos que no lograban disfrazar su incredulidad y el hecho de buscar anomalías en la mente de una persona completamente cuerda. La paciente se permitió suspirar profundamente, decidida a no seguir enmascarando su aburrimiento y respondió con voz cansada."... me encantó!

 

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio