viernes, 10 de abril de 2009

las increíbles aventuras de Layla, Parte II.

Layla estaba en su habitación, escuchaba su CD favorito de Elton John mientras recorría con los dedos las páginas de “Historias de Cronopios y Famas”. Era viernes, lo cual habría significado un paseo al centro con sus padres seguido de pizza y helados. Ese día, sin embargo, se había despertado particularmente melancólica y había optado por el claustro y la tranquilidad.


El teléfono sonó a las cuatro de la tarde. Del otro lado del auricular la recibieron sollozos, palabras incoherentes que tropezaban unas con otras y una tristeza tan abrumadora que hacía imposible la comunicación. Se repetía la misma frase una y otra vez: “Está muerta, Layla…está muerta”. No sabía a quién hacía referencia la voz quebrada de Javier y eso la angustiaba aún más. Esperó unos instantes, pidiendo a su interlocutor que se calmara. Luego de dos largos minutos vino un susurro débil e inverosímil. Layla señalaría ese momento como el inicio de todo. “Victoria…fue un accidente”. Oyó el estruendo del teléfono al golpear las lozas de cerámica. Los gritos de Javier se desvanecieron.


Dos horas más tarde, las súplicas de su madre la devolvieron a la realidad. Nadie hizo preguntas, la noticia los había alcanzado, sin duda. Ella se sintió aliviada, habría sido incapaz de explicarles que su mejor amiga acababa de morir. Se levantó de la cama sin hablar, las palabras de aliento de sus padres le parecían lejanas. Se dedicó a llorar en los brazos de su madre.


La muerte era una noción desconocida para ella, una posibilidad tan distante que nunca la había considerado seriamente. Layla, en su inevitable arrogancia adolescente, la veía como una preocupación de ancianos y enfermos. Victoria Silva fue la primera en destruir esa hipótesis y también la que más pesar le causó con su partida. La amistad había comenzado diez años antes con un encuentro fortuito, producto de un vecindario muy pequeño y un día demasiado aburrido. A partir de ese momento, Layla describiría a Victoria como un ser extraordinario en su simplicidad y recordaría que fue ella la primera en mostrarle la fragilidad de los límites.


La señora Duque le dijo que debía prepararse para el velorio y tanto ella como su esposo salieron de la habitación. Layla se quedó inmóvil hasta mucho después de oír la puerta cerrarse tras ellos. Se sentía desorientada, su mente repasaba los planes inconclusos con zozobra y se aferraba a los recuerdos como si temiera una amnesia repentina. Desfilaban los consejos de Victoria, su risa atronadora, sus bromas inapropiadas, sus momentos serios tan diferentes, sus rabias y los pocos gritos que emitió. Pensó brevemente en el futuro y en el copretérito que no podría eludir de allí en adelante.


Ir al velorio fue la peor parte. El protocolo le parecía frívolo, las frases habituales le parecían inútiles contra el dolor arrollador de los familiares y los amigos eran demasiado jóvenes para recibirlas. A su alrededor, todos tenían las mismas conversaciones: “¡Tan joven! fue muy inesperado”, decían. “Dicen que el conductor del otro auto tiene suerte de estar vivo”, respondían. Oyó a lo lejos la voz queda de un sacerdote y salió de la habitación con rabia atea.


La saludó una brisa burlona acompañada de algunas carcajadas infantiles. Layla se sintió indignada. Era como si el mundo no se diera cuenta, como si estuviera decidido a contaminar las penas privadas con una felicidad mundana. Se quedó allí hasta que los cantos cesaron y, cuando supuso que la ceremonia había finalizado, entró de nuevo para encontrar a sus padres. Se fueron pocos minutos después.


Esa fue la primera noche de su largo insomnio. Durante las semanas subsiguientes, se acostaría en la cama y escucharía reiteradamente una cinta de felicitación que Victoria le había regalado en su último cumpleaños. Habían pasado quince días cuando Layla oyó por primera vez los pasos de su mejor amiga en el primer piso.

2 comentarios:

A las 10 de abril de 2009 a las 11:46 , Anonymous Anónimo ha dicho...

...omg. i hate funerals... son solo instantes frívolos en momentos donde pedimos a gritos que nos dejen solos.

 
A las 10 de abril de 2009 a las 14:02 , Blogger Yose. ha dicho...

Es cierto prima!! en algunos casos esporádicos, la gente aprovecha para despedirse y cerrar capítulos, pero normalmente son un simple ritual masoquista! I hate them too

 

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio