las increíbles aventuras de Layla, Parte II.
Layla estaba en su habitación, escuchaba su CD favorito de Elton John mientras recorría con los dedos las páginas de “Historias de Cronopios y Famas”. Era viernes, lo cual habría significado un paseo al centro con sus padres seguido de pizza y helados. Ese día, sin embargo, se había despertado particularmente melancólica y había optado por el claustro y la tranquilidad.
El teléfono sonó a las cuatro de
Dos horas más tarde, las súplicas de su madre la devolvieron a
La muerte era una noción desconocida para ella, una posibilidad tan distante que nunca la había considerado seriamente. Layla, en su inevitable arrogancia adolescente, la veía como una preocupación de ancianos y enfermos. Victoria Silva fue la primera en destruir esa hipótesis y también la que más pesar le causó con su partida. La amistad había comenzado diez años antes con un encuentro fortuito, producto de un vecindario muy pequeño y un día demasiado aburrido. A partir de ese momento, Layla describiría a Victoria como un ser extraordinario en su simplicidad y recordaría que fue ella la primera en mostrarle la fragilidad de los límites.
Ir al velorio fue la peor parte. El protocolo le parecía frívolo, las frases habituales le parecían inútiles contra el dolor arrollador de los familiares y los amigos eran demasiado jóvenes para recibirlas. A su alrededor, todos tenían las mismas conversaciones: “¡Tan joven! fue muy inesperado”, decían. “Dicen que el conductor del otro auto tiene suerte de estar vivo”, respondían. Oyó a lo lejos la voz queda de un sacerdote y salió de la habitación con rabia atea.
La saludó una brisa burlona acompañada de algunas carcajadas infantiles. Layla se sintió indignada. Era como si el mundo no se diera cuenta, como si estuviera decidido a contaminar las penas privadas con una felicidad mundana. Se quedó allí hasta que los cantos cesaron y, cuando supuso que la ceremonia había finalizado, entró de nuevo para encontrar a sus padres. Se fueron pocos minutos después.
Esa fue la primera noche de su largo insomnio. Durante las semanas subsiguientes, se acostaría en la cama y escucharía reiteradamente una cinta de felicitación que Victoria le había regalado en su último cumpleaños. Habían pasado quince días cuando Layla oyó por primera vez los pasos de su mejor amiga en el primer piso.


2 comentarios:
...omg. i hate funerals... son solo instantes frívolos en momentos donde pedimos a gritos que nos dejen solos.
Es cierto prima!! en algunos casos esporádicos, la gente aprovecha para despedirse y cerrar capítulos, pero normalmente son un simple ritual masoquista! I hate them too
Publicar un comentario
Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]
<< Inicio