las increíbles aventuras de Layla, Parte V.
Las noches de Layla se repetían como una pesada letanía. A partir del 23 de julio y a pesar de todos los esfuerzos hechos por sus padres, rechazaría a Morfeo y se sentaría en su cama. Supuso que, de no ser ciega, habría aprovechado su insomnio para mirar las paredes o para estudiar los fascinantes patrones dejados por las grietas del techo. Podría haber imaginado ambas cosas sin dificultad alguna, pero su mente lograba evadir ágilmente tales trivialidades. Las horas transcurrían estoicamente, la madrugada acunaba las mismas preguntas, la misma duda irreverente y la misma ansiedad.
Habían pasado dos semanas desde la última vez que se sentó en el opulento sillón de
Creía firmemente que el plan de la psiquiatra era bastante predecible. Sin duda esperaba que, al tratar de comunicarse con su difunta amiga, la paciente se enfrentara al silencio imperturbable de una noche impertérrita, sin fantasmas y sin demencia. Layla, por otro lado, había oído incontables veces las pruebas de su cordura y confiaba plenamente en que sus palabras encontrarían la temida reciprocidad. Sin embargo, el diálogo con Victoria continuaba siendo una quimera fugaz.
A veces, Layla se entretenía imaginando qué podría decirle. Construía discursos en su cabeza, los descartaba por exceso de cursilería, por falta de emoción, por formalidad, por vacuidad y por mala sintaxis. Los adornaba con recuerdos, con risas del pasado, los desgarraba cuando la hacían llorar y los metía en cajones al escuchar los primeros indicios de mañana. Sentía que el sol la salvaba, recibía el día con la mirada baja de los cobardes, buscando retrasar lo inevitable. Las horas subsiguientes se debatiría entre el temor y el anhelo. La jornada se había convertido en una distracción, la realidad le importaba cada vez menos.
Sus padres le preguntaron repetidas veces por qué había interrumpido sus sesiones con
Esa noche, modificaba mentalmente el discurso que más le gustaba cuando escuchó el estruendo característico de la cerámica chocando violentamente contra el piso. El ruido era lo suficientemente fuerte como para despertar a los señores Duque, pero no fue así. Layla se levantó, decidiendo en un impulso de valentía y respaldada por la creencia de haber oído una anhelada señal, que se enfrentaría finalmente a lo incierto. Su determinación, sin embargo, se resquebrajaba un poco con cada paso que daba, todo su cuerpo temblaba y luchaba inútilmente contra el sentimiento de estar caminando hacia la horca.
Bajó el último escalón y en ese momento, parada en el extremo de la sala y con la mirada invidente fija en el horizonte, supo que había alguien más en esa habitación. La otra persona no se movía, respiraba pausadamente, tenía una actitud casi felina y pudo haberse fundido con los susurros de
- “Lamento haberme tardado tanto, en realidad, pensé que nunca reuniría el valor necesario para bajar y hablarte. Lamento no tener las palabras apropiadas, muchas ideas cruzaron mi mente cuando pensaba en qué te diría, pero nada era suficiente, la prosa falla en situaciones tan inverosímiles. Lamento todos los silencios incómodos, todos los malos consejos que alguna vez te di, las veces que te grité y las veces que no estuve. Pero, sobretodo, lamento haberme despertado el 8 de julio para descubrir que nuestros planes se quedarían en bocetos, para vivir durante dos semanas la agonía del abandono.
No puedes imaginar la felicidad que sentí cuando te escuché por primera vez. A pesar de todo, no habría creído que tu intrepidez te rescataría de
No sé a qué viniste, no sé si debería despedirme, darte la bienvenida o actuar como si nunca te hubieses marchado. No sé cuál es el protocolo, no sé cómo luces ni cuáles son los límites de este encuentro. Pero me conformaré, estoy dispuesta a tomar fragmentos y reconstruir nuestra amistad aunque quede deforme, incompleta o confinada a las noches. ¿Qué dices?” – La voz de Layla, quebrada por el llanto, se apagó y la muchacha esperó ansiosamente.
Algunos segundos luego, escuchó los mismos pasos que la habían acompañado desde el 23 de julio. Le agradó comprobar que ya no eran un rumor ilusorio, resonaban en el piso mientras Victoria se aproximaba, indiscutiblemente reales. Estaba a muy pocos centímetros de ella y pudo oír claramente su respiración, calmada, lenta, demasiado apacible. Una mano tocó su mejilla, pero no era la mano de Victoria. Layla frunció el ceño, extrañada, e inspiró. Fue el olor desconocido lo que la alertó, algo no estaba bien. El aliento de esta persona bailaba en su oreja y nunca olvidaría las palabras que escucharía a continuación.
“No soy ella, nunca lo he sido. Me gustaría, de verdad. El mundo es de los vivos, como tú y como yo, lo siento”.
Layla abrió mucho los ojos en un esfuerzo irónico por demostrar su horror. Se rindió ante el pánico y el grito que quería proferir quedó atrapado en su garganta. Una mano firme le tapó la boca.


3 comentarios:
o.O y ahora?... can't wait!
:'( Yo tenía la esperanza de que fuera Ghost Whisperer! XD
Ca y est??? C'est fini?? j'en veux plus!! :( Sé que hace tiempo la escribiste pero la acabo de leer y me dejó con ganas de más. El Sr Juez Imaginario seguro se ríe al leer la carta que Aitana le escribió pensando en lo inocente de sus dudas
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