Billie Jean
Caminaba demasiado lento, resonaba en esa noche ciotadense el ruido hecho por mis tacones impertinentes. "Voy a despedirme", sólo yo sabía qué había significado esa frase. Latía en mi pecho el mismo caos que sentí antes de entregarle la carta, menos mal que no soy asmática porque habría sido un momento ideal para una crisis respiratoria. El clima no nos sonreía ya. Será que esa playa, iracunda, resentía nuestra partida?Mientras me aproximaba a la arena me preguntaba cómo podría pedírselo. Quería uno, nada más, un roce de bocas para tacharlo de mi lista, algún recuerdo mediocre para reinvindicar esa noche de cobardía hace cuatro meses.
Sabía que no estaba ya allí. Pensé detenidamente en cómo haría para conformarme con las migajas de su ser que no habían cruzado aún el océano. Tendría que ser así.
Lo vi de lejos, sentado con su guitarra, a su lado dos botellas: una de agua y otra de Nestea, frente a él, el mar irreverente, a sus pies la arena doblegada y él ausente. Me senté en silencio, mirándolo fijamente. Es increíble cómo nadie tiene que explicar el protocolo en esas situaciones llenas de absurdo. El cuerpo se ata solo.
Él no me miraba, llegué a pensar que no se había percatado de mi presencia. Sus acordes seguían meciendo mis miedos. Yo me dediqué a protegerme del frío, aunque sospechaba que venía más de adentro que de afuera. Pasados algunos minutos se detuvo para ofrecerme algo de tomar y yo acepté agua. Lo observaba mientras mi mente ensayaba la petición una y otra vez, telón abajo, público inexistente.
Recuerdo que mis ojos recorrían su figura como si quisieran memorizarla, tocarla, obligarla a volver. La guitarra no paraba su letanía.
Luego de un rato de esta escena sin sentido, lo comprendí: esa noche no pasaría nada. Podía dejar de mirar la ventana del apartamento con culpa, aunque ella se asomase no la alcanzaría ninguna decepción. La playa no guardaría secretos esta vez.
Mi mano cayó en su tobillo, la canción se escuchó ligeramente más tenue. Sabía que tenía permiso para hablar, pero no era el momento de hermosas confesiones, este rato infame no se las merecía. Todas mis utopías gritaban indignadas. Le dije la primera frase barata que vino a mi mente y lo vi asentir sin decir nada.
Me levanté de la arena y emprendí mi camino de regreso, acompañada por el arrullo ininterrumpido de su guitarra. Tuve anhelos desesperados de silencio en esos terribles minutos. Esperaba que se detuviera, me alcanzara y me dijera que, milagrosamente, lo había comprendido todo. Que me diera ese beso sin que yo se lo pidiera, por el único motivo de despedirnos cerrando ciclos, dos entre dos y un cuerpo contra otro. Que hubiese sabido leer mi paciencia, mi silencio, mis frases compradas y heladas. Al menos Billie Jean es una buena banda sonora para esperanzas sin fundamento.
Abrí la puerta del estudio una vez más, derrotada por la playa de La Ciotat.


1 comentarios:
"Once in her life, every girl is entitled to fall madly in love with a guitarrist..."
es sólo una frase de lucille ball que modifico a mi antojo...
tal vez no tan madly... tal vez no tan love, but... we can´t resist eh?
don´t worry... googly googly googly It's gone!
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