sábado, 29 de agosto de 2009

crónicas de Renata, la Indomable. Parte I

Allí estaba Renata, fiel a la costumbre de hace seis meses, sentada en su sillón. Un sillón enorme, por supuesto, de esos que un hombre compraría para calmar todas sus inseguridades. Un sillón de cuero verdadero, majestuoso ejemplar de los años dorados y en disonancia con toda modernidad. Desde allí, su diminuta figura, empequeñecida por los años y la enfermedad, se enrojecía cada vez más con los gritos que profería. Bramaba improperios con la entereza de quien puede levantarse repentinamente y correr un maratón, pero no podía siquiera mantenerse en pie por su cuenta. Se regodea felizmente en la ironía y el orgullo, sentada en el endemoniado sillón como si éste pudiera trasladarla al glorioso pasado. Daba órdenes, iracunda, los vestigios de la matrona aún perfectamente legibles en su semblante. La piel cayéndosele a jirones. Esos eran los peores días.


Otras veces, su precaria salud le conferiría una humildad fugaz e insuficiente. Se haría un ovillo de frío, recordaría a Dios y gemiría como quien nunca ha cometido un pecado. Se aferraría a mi madre reconociéndola como su salvadora y la querría de nuevo, con una hipocresía que rayaba en la esquizofrenia. Sencillamente, los años la habían convertido en una persona completamente egoísta.


Yo no hacía ningún esfuerzo por disimular mi ira, había decidido que ella la merecía aunque fuese momentaneamente. Dejé de mirarla y me concentré en su interlocutora, quien también gritaba acaloradamente, con la razón de su lado: mi madre. Mi madre, a quien mis extremismos liberales tanto habían criticado. Mi madre, a quien tuve que considerar irrevocablemente humana cuando mi mente buscaba rastros de divinidad. Mi madre, tan rígida en sus manías e infinitamente orgullosa, demostraba tener la capacidad de amar profundamente.


A mi juicio, teñido de severidad por culpa de mi juventud, amaba como los idiotas. Amaba a través de los chillidos, del cansancio, más allá de las noches en vela y con algunos chistes. Amaba pacientemente y habiendo renunciado a la reciprocidad. Entregaba su vida abnegadamente a quien fuera en su momento una mujer menos egocéntrica, supongo que veía en ella pedazos de la piedad de antaño.


Tuve que admirarla, admirarla porque dudaba que pudiese igualarla. Me reconocía como una criatura mucho menos apasionada. Mi madre había mutado ante mis ojos y esperé poder imitarla cuando los años la derrumbaran. Es lo único que me gusta recordar de esos días. Quisiera deshacerme del sillón, pero es tan grande que el espacio sería imposible de llenar.

1 comentarios:

A las 6 de septiembre de 2009 a las 20:30 , Anonymous Anónimo ha dicho...

Tú viviste mi reacción... sin comentarios. Ahora es que faltan capítulos de esas crónicas!
Bueno... delicada y dulce locura la que nos rodea.
Muchas gracias por el comentario. De ese episodio sabes que ha sido lo más honesto que pude escribir. Fué algo saludable... como un paso para poder perdonarme.

 

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