jueves, 11 de marzo de 2010

crónicas de Renata, la Indomable. Última parte.

Para tí sólo tengo palabras chuecas, que se escriben y no se dicen, porque decirlas las hace reales. Espero llegar a ser la cuarta parte de la mujer que tú fuiste.



Se ha ido renata. La he llamado así en mis ficciones porque ese nombre habla de resurrección, de volver a nacer y creo que todos la vimos renacer incontables veces. Renacer desde esa fortaleza inquebrantable, salir de UCIs, de camas, engancharse a la vida con el furor de una guerrera.


Renata cumplió en esta familia el papel que le correspondía. Fue la matrona, el eje y la vela. Llevó una vida de dignidad. No era, hay que decirlo, una persona fácil de comprender. En su infinita complejidad se perfilaban algunas contradicciones, un carácter explosivo, el amor de quien nace madre y un anhelo de independencia que traspasaba los límites de su época.


Renata dio a quienes la rodeábamos dosis de alegrías y tristezas. A pesar de todo, digo con total convicción que la amé (y yo no creo en el amor justificado por nexos familiares). La amé porque fue un ser extraordinario, tan terrenal y tan celestial como todos nosotros. La amé porque me tocó comer las delicias que preparaba, leer los versos que creaba con sólo 5 minutos de inspiración, escucharla inventar romances entre gatos de angora y verla en toda su gloria histriónica. La amé porque era imprudente, creativa, exigente y porque estaba llena de amor, aunque no fuese una persona amorosa.


Renata se ha ido, salió por la puerta grande, como debe ser. No se fue en la sorpresa, sino en el alivio. No me queda dudas, recibió a la muerte como enfrentó la vida: sin miedos. Supongo que en el camino a ese patio de recreo adonde van todas las almas, le contaría todo sobre Luis Machado y la cucarachita, sus peripecias en la calle 88 y los 25 enamorados que tuvo en su juventud (enfatizando, claro, que había uno negro como la noche y que los demás se habían convertido en médicos eminentes).


De igual manera, me atrevo a asegurar que llegó a su destino sonriendo, renovada, feliz de comenzar esa aventura eterna, de librarse del dolor, pero sobre todo feliz de no dejar atrás rencores sino paz.


Se ha ido Renata, se fue como los árboles, que mueren de pie.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Marcia se enamoró de un escritor

Marcia se enamoró de un escritor. Se enamoró porque él la construía con sus palabras, porque en el papel la desnudaba pero la fortalecía también. Se enamoró porque ella también quería escribir y él comprendía la agonía que eso significaba, porque entendía la eterna duda, porque él también leía en las palabras de otros motivos para sentir inseguridad. Marcia se enamoró de un escritor y él convirtió su cuerpo en poesía, la amó con letras salvajes.

Marcia se recreaba en la idea de ser su musa, que de su pluma sólo salieran miniMarcias, de leerse en su celulosa, en piezas o completa, porque él la veía como ella nunca podría verse.

Él era un hombre retraído, como deben ser los escritores, con la mitad del alma en tinta, con las ficciones que todos los días lo llamaban a otro mundo donde ella no podía seguirlo. Aún así, ella lo encontraba irremediablemente sensual...nada mejor que un creador de realidades.