domingo, 26 de julio de 2009

el cuello y todas sus angustias

Hoy no pude dormir, estaba esperando. Tenía esa molesta sensación de vacío, armada únicamente con la convicción de que algo faltaba, sin comprender qué. Mis utopías más alocadas te retrataban llamando, cambiando de opinión, seducido finalmente por mis imágenes. Ayer pasaron muchísimas catástrofes en el complejo mundo de mis suposiciones, menos mal que no te diste cuenta.

Ese beso me lo guardo. No hay nada. Nada se sabe, todas nuestras interacciones son efímeras. Ese beso, sin embargo, fue peligroso. Lo dejé andar demasiado tiempo, casi logró liberarse de las ataduras que mi lógica inquebrantable imponía, se retorció con fantasías de intimidad, de otro sitio, otra situación, sin audiencia. Ese beso tenía potencial para arrancar pedazos de mi máscara. Duró diez segundos que parecieron extenderse infinitamente, el tiempo se doblegó ante mi anhelo y me permitió memorizar tanto.

Es difícil estar cerca de ti. Nunca he sido buena para fingir y debo hacerlo tan a menudo. Es agobiante disfrazar todo lo que te digo, que las palabras se amontonen, que mis gestos me traicionen y busquen notoriedad. A veces siento que no te muestro quién soy, sino una versión amplificada y vulgar de mi misma, alguien que tiene menos límites, que hace más ruido. No importa, mejor así.

Lo que más me asusta, es que te parezcas tanto a mi pasado, que estar contigo me recuerde irremediablemente a noches de tango, a discotecas, a cronopios, a muertes importantes, a tardes completas caminando. Quisiera ignorar esta sensación escalofriante de dejà vu, que sufras una metamorfosis ante mi, que de repente dejara de interesarme tu prodigiosa mente, las conexiones que haces y lo fácil que es para ti lo cotidiano. Quisiera olvidarme de las muchas paradojas que he encontrado en ti.

Quisiera muchas cosas, en serio. Sobre todo me gustaría, que no escogieras besarme en el cuello.

jueves, 2 de julio de 2009

las increíbles aventuras de Layla, Parte V.

Las noches de Layla se repetían como una pesada letanía. A partir del 23 de julio y a pesar de todos los esfuerzos hechos por sus padres, rechazaría a Morfeo y se sentaría en su cama. Supuso que, de no ser ciega, habría aprovechado su insomnio para mirar las paredes o para estudiar los fascinantes patrones dejados por las grietas del techo. Podría haber imaginado ambas cosas sin dificultad alguna, pero su mente lograba evadir ágilmente tales trivialidades. Las horas transcurrían estoicamente, la madrugada acunaba las mismas preguntas, la misma duda irreverente y la misma ansiedad.


Habían pasado dos semanas desde la última vez que se sentó en el opulento sillón de la doctora Stevens. Layla no extrañaba la incredulidad de su voz ni su falta de humanidad, pero el reto que la psiquiatra había impuesto despertó en ella una inquietud que antes no la agobiaba. Normalmente, no habría considerado la idea de recorrer los veinte escalones que la separaban de la planta baja y hablar con Victoria, prefería regocijarse en saber que su amiga había burlado el yugo inclemente de la muerte, era suficiente escuchar un milagro todas las noches. Incluso sentía cierta arrogancia al pensar que sólo ella podía hacerlo, como si los pasos que escuchaba fuesen un secreto protegido por la complicidad que las dos muchachas compartían. Ahora, gracias a la doctora Stevens, jugueteaba reiteradamente con el prospecto amenazante de confrontarla.


Creía firmemente que el plan de la psiquiatra era bastante predecible. Sin duda esperaba que, al tratar de comunicarse con su difunta amiga, la paciente se enfrentara al silencio imperturbable de una noche impertérrita, sin fantasmas y sin demencia. Layla, por otro lado, había oído incontables veces las pruebas de su cordura y confiaba plenamente en que sus palabras encontrarían la temida reciprocidad. Sin embargo, el diálogo con Victoria continuaba siendo una quimera fugaz.


A veces, Layla se entretenía imaginando qué podría decirle. Construía discursos en su cabeza, los descartaba por exceso de cursilería, por falta de emoción, por formalidad, por vacuidad y por mala sintaxis. Los adornaba con recuerdos, con risas del pasado, los desgarraba cuando la hacían llorar y los metía en cajones al escuchar los primeros indicios de mañana. Sentía que el sol la salvaba, recibía el día con la mirada baja de los cobardes, buscando retrasar lo inevitable. Las horas subsiguientes se debatiría entre el temor y el anhelo. La jornada se había convertido en una distracción, la realidad le importaba cada vez menos.


Sus padres le preguntaron repetidas veces por qué había interrumpido sus sesiones con la doctora Stevens y Layla ideó una falacia muy conveniente: “No hay cupo por ahora, dijo que me avisaría”, decía cada vez que se tocaba el tema. Sabía que la fama de la psiquiatra era la mejor coartada que podría usar. Acudió en varias ocasiones a Javier, pensando que él sería la única persona capaz de comprenderla. Su amigo le creía, no como quien tiene fe en que lo extraordinario es posible, sino como aquéllos cegados por la tristeza, aquéllos que buscan desesperadamente una manera menos dolorosa de sobrellevar lo sucedido, y eso no bastaba. Estaba sola.


Esa noche, modificaba mentalmente el discurso que más le gustaba cuando escuchó el estruendo característico de la cerámica chocando violentamente contra el piso. El ruido era lo suficientemente fuerte como para despertar a los señores Duque, pero no fue así. Layla se levantó, decidiendo en un impulso de valentía y respaldada por la creencia de haber oído una anhelada señal, que se enfrentaría finalmente a lo incierto. Su determinación, sin embargo, se resquebrajaba un poco con cada paso que daba, todo su cuerpo temblaba y luchaba inútilmente contra el sentimiento de estar caminando hacia la horca.


Bajó el último escalón y en ese momento, parada en el extremo de la sala y con la mirada invidente fija en el horizonte, supo que había alguien más en esa habitación. La otra persona no se movía, respiraba pausadamente, tenía una actitud casi felina y pudo haberse fundido con los susurros de la noche. Layla temía avanzar, no quería que Victoria se desvaneciese, así que optó por el mutismo y la inmovilidad. Trataba de asimilarlo todo, de adivinar la expresión de su mejor amiga y de recordar el discurso. Pasaron cinco breves minutos que parecieron prolongarse en una pequeña eternidad. Layla habló al fin:


- “Lamento haberme tardado tanto, en realidad, pensé que nunca reuniría el valor necesario para bajar y hablarte. Lamento no tener las palabras apropiadas, muchas ideas cruzaron mi mente cuando pensaba en qué te diría, pero nada era suficiente, la prosa falla en situaciones tan inverosímiles. Lamento todos los silencios incómodos, todos los malos consejos que alguna vez te di, las veces que te grité y las veces que no estuve. Pero, sobretodo, lamento haberme despertado el 8 de julio para descubrir que nuestros planes se quedarían en bocetos, para vivir durante dos semanas la agonía del abandono.


No puedes imaginar la felicidad que sentí cuando te escuché por primera vez. A pesar de todo, no habría creído que tu intrepidez te rescataría de la muerte. Una parte de mi quiso pensar que lo intentarías, sin concebir jamás que tendrías éxito. Siempre pensé que mientras fueses mi amiga, todo sería posible y esa noche, me diste la razón.


No sé a qué viniste, no sé si debería despedirme, darte la bienvenida o actuar como si nunca te hubieses marchado. No sé cuál es el protocolo, no sé cómo luces ni cuáles son los límites de este encuentro. Pero me conformaré, estoy dispuesta a tomar fragmentos y reconstruir nuestra amistad aunque quede deforme, incompleta o confinada a las noches. ¿Qué dices?” – La voz de Layla, quebrada por el llanto, se apagó y la muchacha esperó ansiosamente.


Algunos segundos luego, escuchó los mismos pasos que la habían acompañado desde el 23 de julio. Le agradó comprobar que ya no eran un rumor ilusorio, resonaban en el piso mientras Victoria se aproximaba, indiscutiblemente reales. Estaba a muy pocos centímetros de ella y pudo oír claramente su respiración, calmada, lenta, demasiado apacible. Una mano tocó su mejilla, pero no era la mano de Victoria. Layla frunció el ceño, extrañada, e inspiró. Fue el olor desconocido lo que la alertó, algo no estaba bien. El aliento de esta persona bailaba en su oreja y nunca olvidaría las palabras que escucharía a continuación.


“No soy ella, nunca lo he sido. Me gustaría, de verdad. El mundo es de los vivos, como tú y como yo, lo siento”.


Layla abrió mucho los ojos en un esfuerzo irónico por demostrar su horror. Se rindió ante el pánico y el grito que quería proferir quedó atrapado en su garganta. Una mano firme le tapó la boca.