la carta al juez imaginario
Estimado señor que decide quién debería dedicarse a las letras y quién no,Le escribo desde un país que no es el mío, llena de inseguridades que en nada se parecen a mi habitual compendio de planes y con una duda despiadada que, lamento informárselo, carecerá de toda originalidad para usted.
Ponerla en palabras resulta muy sencillo y hasta podría ser difícil comprender que tras esa simplicidad se esconden todo tipo de desvelo y muchas horas dibujando bocetos de futuro. Entonces al grano, ¿Podría yo convertirme en escritora?
Confieso que lo veo en papel y me parece sumamente extraño. Siempre he preferido pensar que quien nace para la tinta tiene que hacer muy pocos esfuerzos, no logro concebir un proceso de crisálida a mariposa, excepto quizás para afinar algunos detalles estéticos.
Como ya sabe, tengo la desdicha y el privilegio de no encontrarme en mi país. Enfatizo este hecho porque me atrevo a asegurar que en él está la génesis de esta catástrofe vocacional. Lo pongo en términos tan dramáticos, y me disculpa, porque este desvío me sumerge en la más pura ansiedad. El caso es que, en Venezuela nunca me habría siquiera planteado la posibilidad de dedicarme a algo que no fueran las lenguas, cada paso del camino había sido demarcado con total exactitud. En tierra gala, por el contrario, la situación es peligrosamente diferente.
Mientras hago un trabajo que debería hacerme muy feliz, he tenido tiempo de analizarlo todo. Describir este periodo de mi vida es complicado, pero si lo intentase, diría que es como si Cronos me regalase 8 meses de pausa, como si hubiese entrado al mundo sin consecuencias. Lo digo porque aquí puedo darme el lujo de perderme en mis quimeras más inauditas, de preguntarme qué pasaría si tomara clases de pintura, si decidiera trabajar en un albergue para mochileros, convertirme en profesora de salsa o, precisamente, entregarme a la escritura.
No se trata, debo aclararlo, de "escoger" la escritura. Para mí nunca ha habido opción, el hecho primitivo de escribir es la única catarsis que conozco. Pero, ¿Ofrecer al mundo esos ratos de inspiración efímera? ¿Ponerlos en una vitrina para que las sombras los compren o destrocen? Para eso se necesitaría la valentía que no tengo.
El problema es que escribir da al pobre humano igual dosis de placer y de agonía. Normalmente (o sólo en mi caso, me tiene sin cuidado) quien crea historias quiere conocer historias y, aunque leerlas lo enriquezca, también arranca pedazos de su convicción. En mi caso, la admiración hacia los grandes de la literatura se tiñe de un ligero rencor, rencor al hacerme cuestionar un potencial que ni siquiera estoy segura de tener, al tener que preguntarme si queda espacio para una Aitana Luna después de un Benedetti o un Twain. Es como si cada palabra de sus impecables prosas fuera un abucheo para mis nobles garabatos.
¿Ve cuál es mi dilema? Ahora, si me lo permite, me marcho. El insomnio me llama insistentemente y es de mala educación ignorar a un amante, además, ya he expuesto todos los argumentos relevantes para mi situación.
Esperaré con ansias su respuesta genérica y con firma escaneada. Ojalá sus frases vacuas huelan a primavera y me dejen con la sensación de poder capturar al mundo entero en mi pluma.
Atentamente,
Aitana.

