jueves, 30 de abril de 2015

Papillon



¿Qué oscuridad es esta? No veo nada. Tal vez sea, después de todo, una característica irrevocable de todos los seres eso de mirar el mundo a través del diminuto agujero que es el ombligo. Yo digo “no veo nada”, todo debe estar oscuro porque yo no veo nada. Incluso en este mundo negro, no estoy indefenso, sino que sigo siendo Amo y Señor. La oscuridad es mía porque yo no veo. 


En todo caso, mía o no, esta oscuridad es peculiar, cálida e íntima. Yo solía imaginar que el negro solo produciría vértigo, que se estiraría más allá de donde habrían logrado llegar mis ojos. Yo solía pensar que el negro era ese lugar donde todos flotamos a ciegas, dando golpes al aire gélido, tratando de encontrarnos. Pero no. En este negro, al menos una certeza me queda: estoy yo. Creo que no hay nadie más, pero los golpes son innecesarios porque, indudablemente, ya me encontré. Está mi cuerpo, doblado sobre sí mismo, estrecho, no podría negarlo aunque quisiera.


Antes del negro, definí mi cuerpo de acuerdo a lo que lo rodeaba, el tacto de lo que pisaba, las sensaciones que me permitía tener. Lo definí, también, pegándome los adjetivos que me correspondían y, a veces, cuando los adjetivos se volvían malvados, abandonaba mi cuerpo a su suerte, como si pudiéramos vivir separados y simplemente nos hubiéramos peleado. Ahora no tengo ese lujo. En medio de la oscuridad donde no veo nada más, irremediablemente me toca verme a mí mismo. En mi mente existe únicamente mi cuerpo.


Me parece cruel chocar conmigo mismo tan aparatosamente, no tener escapatoria. Todo antes del negro se siente banal: un cúmulo de atajos que no llevaron a ninguna parte, porque ante mi oscuridad no sé qué hacer. Sin embargo, nadie me lo advirtió. Nadie habría podido decírmelo porque nadie ha regresado del negro a lo que era antes pero, en cambio, todos viven con la esperanza de los colores, esa sí pudimos suponerla sin reparos. 

Después del sufrimiento, vienen los colores, después de inspirar asco y arrastrarte desde la vida hasta la muerte, llegan los colores. ¿Dónde están? ¿Qué hago yo en medio de esta estafa oscura? Tal vez, hace mucho, alguien descubrió que sería más fácil vivir pegado al suelo y sin altura si se pensaba en los colores, y quiso subsanar la injusticia de su propia existencia. ¿No habría sido más fácil encontrar una ilusión dentro de la tierra sobre la cual deambulábamos cada día? ¿Habría sido imposible? No lo sé, a mí me prometieron colores.