Un par de botas blancas
Esta es una historia que escribí para otros. Pero, aunque algunos no quieran reconocerlo, los hijos son de quien los pare y los ve crecer.
UN PAR DE BOTAS BLANCAS
La familia es la crisálida de los seres
humanos y, aunque no siempre garantice mariposas de gran colorido, normalmente
logra con su influencia contundente moldear nuestra identidad.
Pero si la familia es el origen de lo que se
solidificaría como “nosotros” ¿Cuál es el origen de la familia? Tal como está
constituida es el resultado de una cadena de casualidades y causalidades que
datan desde las raíces del árbol que engendró la manzana del pecado original.
Entonces, si hablamos de la familia ¿Por dónde empezamos? ¿Por la mirada
anhelante que el tatarabuelo le regaló a la tatarabuela en la plaza del pueblo
mientras ella se pavoneaba cubierta de encajes? ¿Por ese instante en el cual la
madre entró al salón de clases gobernado por el futuro padre creyendo que en
unos meses se casaría con otro? ¿Por el ticket de barco que el hermano mayor
del bisabuelo compró esperando que lo llevara a tierras de esperanza? ¿Por la
última inhalación que la abuela hizo antes de darle la vida a la madre de un
empujón? ¿Por dónde?
En este caso, tal vez por la magia que otorga
al relato la inverosimilitud de los gestos descritos o por ser un testimonio
auténtico del poder que tiene el azar, la historia de los Bárcenas Barreto
comienza con un par de botas blancas.
Aquel día, el Sr. Markoff parecía tener más
prisa de la usual y, efectivamente, agradecía en su fuero interno estar montado
sobre un animal tan noble como la mula, la cual soportaría sus abusos para
acelerar la marcha. Una fuga de agua en su casa había retrasado la salida hacia
la hacienda más de una hora y él miraba su reloj con impaciencia. Tal vez
pensaría que la intensidad de sus movimientos urgiría tanto a la mula como al
paso impertérrito del tiempo.
Mientras secaba las gotas de sudor que
perlaban su frente, mezcla de intenso calor y creciente angustia, se preguntaba
si la fascinación de los últimos meses no habría llegado demasiado lejos.
Después de todo, nadie lo esperaba en su conuco antes de las 8 de la mañana,
bien podría cambiar el rigor de esta nueva rutina por una hora más de sueño o
algún paseo despreocupado por el pueblo. Estas opciones habrían sido
interesantes, si él no hubiese sabido que en el pueblo nada había nunca nuevo y
que Morfeo no podría jamás conjurar en sus sueños a una criatura tan
cautivadora como la que vería, con suerte, dentro de algunos minutos.
Recordó la primera vez que la vio y se dibujó
en su rostro de ébano una sonrisa. Ella se había parado al borde del camino y,
aunque la encontrara atareada con labores bastante mundanas, al Sr. Markoff le
había parecido mágica, como un oasis que se le apareciera de pronto en aquel
revoltijo de sol y arena. La consideró tan bella, que no pudo evitar pensar que
estaba fuera de lugar en la humildísima casa que habitaba, como si por años
hubiese tratado de mezclarse sin éxito en un cuadro de colores demasiado opacos
para ella.
Trató de memorizarla en los instantes que
pasaron y maldijo la imprecisión de su cerebro, sabía que la imagen en él
guardada palidecía cual copia ante la majestuosidad de la mujer original. Le
sería imposible volver a ver en su mente cómo el viento transformaba su oscura
melena en una marea salvaje alrededor del cráneo, cómo las pequeñas y finas
manos se afanaban con eficiencia sobre la ropa que iría a parar en la cuerda de
secar, cómo su blanca piel había sucumbido en algunas zonas al Sol que amparaba
su jornada ni cómo su cuerpo rotundamente femenino solamente podía adivinarse
bajo el vestido pudoroso. Esperó entonces con fervor que la muchacha no fuese
una visitante casual y que la vida volviera a ponerla al borde del camino.
Al día siguiente, imitó con exactitud las
actividades del día anterior, asumiéndolas como etapas de un hechizo que haría
aparecer de nuevo a la hermosa muchacha. Tan buenos resultados obtuvo, que
cuando pasó con su mula frente a la casa casi encontró al objeto de su embeleso
en la misma posición. Lo que el Sr. Markoff probablemente no sabía era que la
vida de las familias que trabajan para subsistir está regida por el más
estricto horario, el día no admite pereza. De esta manera pasaron los días,
viendo al Sr. Markoff consolidar una nueva rutina con el único objetivo de
dedicarse, al menos durante algunos minutos, al culto de la contemplación.
Al cabo de algunas semanas había logrado
perfeccionar el trayecto, resolviendo que, cada vez que pasara frente a la casa
sería conveniente fingir un agotamiento que requiriera reposo inminente, el
cual le regalaría la desfachatada posibilidad de sentarse en una piedra y
observar sin reparos a la hermosa muchacha. Valdría agregar que aparte de
hermosa era despistada, ya que había ignorado, hasta ese momento, la presencia
del enamorado silencioso. En esta primera fase, el amor del Sr. Markoff estaba
atrapado entre la ilusión y el hecho, contentándose con lo que sus ojos veían
todos los días y con las conjeturas que su mente lograba hacer. Sin embargo, la
agonía de adorar a un ser del cual no conocía ni el nombre, ni el sonido de la
voz, ni la forma de las ideas, eventualmente hizo que quisiese dar por
terminado el acto del hombre cansado y enfrentar sus sentimientos a la
posibilidad de lo real.
Es por ello que aquel día de retrasos y
sufrimientos para la mula y el reloj, el Sr. Markoff hacía su recorrido
habitual con una nueva determinación. En su mano izquierda, arrugado y gastado,
estaba el guion que días antes le escribiese Luis, uno de sus amigos más cultos
y de mayor confianza. Resultaría sorprendente que un hombre tan exitoso
necesitase apoyo escrito para abordar a una muchacha campesina, pero el Sr.
Markoff sufría el mal de todo inmigrante al sentir que su castellano era aún
demasiado débil como para llevar sobre sus hombros el peso de ese primer
encuentro. Quizás habría adelantado mucho más el acercamiento a la muchacha si
la hubiese visto al borde del camino en su pueblo de Trinidad y Tobago, seguro
de compartir con ella una única lengua madre. No era éste el caso y, viendo que
el contorno de la casa se dibujaba ya en el horizonte, el Sr. Markoff empezó a
recitar las frases de Luis en voz baja, esforzándose por no parecer un demente
que habla solo o, peor aún, con su mula.
La hermosa muchacha, fiel a su cotidianidad,
colgaba la ropa en la cuerda de secar sin percatarse mucho de lo que ocurría a
su alrededor, por lo cual el Sr. Markoff tuvo que llamarla varias veces y
simular una ligera tos antes de que sus palabras cayeran en oídos atentos. Con
cierta resequedad en la boca preguntó:
- - Disculpe, Señorita, me gustaría presentarme:
mi nombre es Pedro María Markoff ¿Podría decirme su nombre? –
-
- Socorro – Respondió ella dubitativa.
- - No hay necesidad de pedir ayuda, solamente
quería saber su nombre – Las palabras comenzaban a traicionar a Markoff, quien
no había previsto que su primera frase pudiera parecer agresiva o aterradora.
El sudor volvía a su frente, delatando su ansiedad.
Pasaron algunos segundos sin que ninguno de
los dos hablara, tiempo durante el cual el Sr. Markoff fue testigo de los más
curiosos cambios en el rostro de la hermosa muchacha. En un principio se
juntaron las cejas y se afinaron los labios en un gesto de confusión, luego se
abrieron grandes los ojos y la boca formó una ligera “O”, señalando la llegada
de la comprensión y finalmente, como bálsamo que lograra aliviar su perturbado
ánimo, los labios piadosos dejaron ver dientes perfectos y se iluminó la mirada
en una sonrisa absoluta. La hermosa muchacha soltó una carcajada.
- - Me llamo Socorro – Dijo ella, cada vez más
intrigada por este hombre tan distinguido y de hablar tan peculiar.
El Sr. Markoff rio también, pero
inmediatamente masculló algo acerca de no imaginar que ese pudiera ser un
nombre de mujer y miró al suelo, avergonzado. Socorro comprendió que habían
llegado a un impase y quiso tomar las riendas de la extraña conversación.
-
- ¿Necesita
algo? –
La mirada expectante de ella hizo ver al Sr.
Markoff que su oportunidad podría desvanecerse si no recuperaba su temple,
confiaba en sí mismo y recordaba su guion. Respiró profundo y respondió.
-
- Yo siempre paso por su casa camino a mi
hacienda de café y quería decirle que desde hace unas semanas la observo porque
es usted la muchacha más hermosa que yo haya visto en mi vida. Ha encantado mis
sentidos y mi corazón sin siquiera conocer su nombre.
A pesar de su belleza innegable, era la
primera declaración de amor que Socorro oyera en sus 18 años. Las palabras de
Markoff la sumieron en un silencio en el que se apiñaban emociones de diversa
índole. No sabía si lo más sabio era alegrarse de su suerte o recelar las
intenciones de este hombre negro como la noche y evidentemente extranjero. Lo
dejó continuar su monólogo.
-
- Hoy respetuosamente me acerco a usted porque
sé que mi amor no es merecedor aún de su favor, pero le propongo lo siguiente:
dentro de unos días parto hacia Caracas en un viaje de negocios que durará
varias semanas. ¿Qué le gustaría que le trajera? Pídame lo que desee.
Socorro sonrió de nuevo, esta vez los ojos no
la acompañaron: era un gesto irónico. Por supuesto que sabía lo que quería, en
otras circunstancias habría contestado al instante. Pero aquel hombre había
llegado hablando de belleza y de corazones y rápidamente había transformado su
ofrenda sentimental en un encargo de la capital que probablemente sería
olvidado al fondo de su maleta. La muchacha habría creído que el amor real se
valdría menos de promesas. El Sr. Markoff esperaba con una mirada pueril y
Socorro decidió finalmente seguir el juego de lo que le parecía una petición
absurda.
-
- Quiero un par de botas blancas –
-
- Así será – Replicó
Markoff, confiado.
Las visitas al valle caraqueño eran siempre
iguales, particularmente si se era un hombre tan recto y melancólico como el
Sr. Markoff: una serie de noches de hotel que de ninguna manera podían
compararse con la comodidad de su gran casa de Cumanacoa, comidas en
restaurantes lujosísimos donde pedía los platos más criollos, buscando en vano
sabores que le recordaran la comida de María Concepción, su cocinera
sexagenaria y reuniones con otros hombres de negocios que le parecían afectados
en exceso, como si tuvieran que pagar una cuota de pedantería extra por vivir
en la capital. A esta lista de añoranzas se sumaban, ahora, un camino
polvoriento, una cuerda de secar, un hogar campesino y una hermosa
muchacha.
Socorro se escabullía dentro de sus
pensamientos a toda hora. Durante las importantísimas sesiones estratégicas con
otros señores exportadores de café, se sorprendía a sí mismo reviviendo los
hechos de la última mañana que pasó en Cumanacoa, cual náufrago que vuelve a
leer mil veces el único libro que lo acompaña con la esperanza de encontrar
cambios en la trama. Imaginaba a Socorro sonriendo de nuevo ante la reacción
alarmada que tuvo él cuando, al oír su nombre, creyó que ésta pedía ayuda,
desesperada. La imaginaba riendo e instándolo a que siguiera hablando. La
imaginaba callada mientras escuchaba sus palabras de devoción. Pero, sobre
todo, la imaginaba decepcionada y escéptica al darse cuenta de que el galante
viajero no traía consigo más que el juramento de un obsequio. La aprensión de
la hermosa muchacha era su más fuerte motivación y, el último día de su estada
en Caracas, el Sr. Markoff se levantó a primera hora y preguntó a la
recepcionista dónde se conseguían los mejores zapatos de la ciudad.
Entró al establecimiento indicado y fue
inmediatamente atendido por una señorita complaciente, que lo había juzgado
especialmente atractivo. Le sonrió con todos los dientes y no habría podido
imaginar que, acto seguido, aquel hombre derrochador de masculinidad le pediría
un par de botas blancas de mujer. Viendo la mirada embarazosa de la vendedora,
el Sr. Markoff se apresuró a aclarar que se trataba de un regalo. Aliviada por
no estar lidiando con uno de esos hombres excéntricos de inconfesables
tendencias oscuras, le indicó dónde se encontraban los calzados que
correspondían a la descripción ofrecida. El Sr. Markoff miraba los numerosos
pares de botas sin entender exactamente cuál era la diferencia entre ellos.
Volvió a dirigirse a la vendedora.
- - Necesito un par
de botas blancas que puedan conquistar a una mujer. A la más hermosa mujer-
Sonrojándose y envidiosa de la suerte de
aquella desconocida, la señorita reflexionó un momento antes de tomar el par
que estaba más a la izquierda de la exhibición.
-
- Estas llegaron en
barco desde Francia, son las favoritas de las señoritas de dinero.
El Sr. Markoff asió una de las botas señaladas
y la miró detalladamente, tratando de imaginar si las proporciones del pequeño
pie que recordaba estarían acordes a lo que tenía entre sus manos. Es cierto
que no tenía forma de saber la talla de la hermosa muchacha y que este era un
detalle de importancia que debía haber evaluado. Tras algunos segundos de
silencio, la vendedora prosiguió su explicación:
-
- El precio es elevado, pero cuentan con un bonito diseño y son a la vez
cómodas y duraderas.
El último adjetivo fue decisivo para la
compra. Si un regalo tiene como fin ser una primera ofrenda de amor, debería
poder caracterizarse como duradero, debería ser un presagio convincente. El Sr.
Markoff dijo que compraría las botas, pidió que se las envolvieran con el papel
más bonito que tuviesen y salió de la tienda unos minutos después, seguro de
llevar dentro de la caja de zapatos su mejor chance de obtener la felicidad.
Desde el día en que se le acercara el
distinguido señor de apellido Markoff con sus inesperadas declaraciones de
amor, Socorro se había repetido a sí misma innumerables veces que nunca vería
los frutos de la promesa que éste le hiciera, que la posibilidad de tener unas
botas blancas era tan lejana como antes del extraño encuentro y que había que
ser muy tonta para emocionarse pensando en lo ocurrido. Se lo repetía como una
letanía y se golpeaba en la cabeza cada vez que su mente, traicionera,
regresaba a aquella mañana. Pero todos los días sus ojos, desobedientes,
dirigían una deseosa mirada hacia el arenoso horizonte tras el cual se ocultaba
el mito que ella llamaba Caracas. Todos los días sin falta y todos los días sin
vislumbrar nada diferente en el paisaje.
No obstante, exactamente tres semanas después,
la confusa línea del horizonte se vio interrumpida por una figura borrosa que
se acercaba sobre lo que asemejaba una mula. Socorro fijó los ojos en la sombra
ambulante, esperando con tiempo y con esperanza, hasta que se presentó ante
ella el Sr. Markoff. La muchacha intentó que su rostro pareciera indiferente,
sin mucho éxito, y fue la primera en hablar.
- - Usted de nuevo.
Pensé que no lo volvería a ver –
- - Le dije que le traería las botas blancas y no hablo
nunca en vano – Dijo él, tendiéndole la caja envuelta en aristocrático
papel.
Los ojos de Socorro se abrieron con
incredulidad, pero esta vez era del tipo positivo, del tipo que recibe luego de
mucho tiempo la ansiada recompensa a la cual había renunciado. Tardó un tiempo
en agarrar el regalo y, una vez desgarrado sin ceremonia el envoltorio y
retirada la tapa, no pudo suprimir una exclamación de júbilo. Las botas
sobrepasaban sus expectativas, eran mucho más deslumbrantes que las de las
señoritas que deambulaban frente a su casa prendidas del brazo de algún
caballero. Se permitió unos segundos de silenciosa admiración de los objetos
iguales en diseño pero opuestos en orientación: los tocó, los olfateó, acarició
las líneas perfectas y el tacón discreto. No eran de corte muy alto, habían
sido concebidas para el lujo, con el propósito de que ningún vestido largo
pudiera opacar el intrincado esquema de la parte superior. Eran tan preciosas
que no lograba entrever un momento de su modesta vida en el cual pudiera
llevarlas sin pensar que estaba disfrazada del talón para abajo. Salió
corriendo sin decir nada al hombre que no la perdía de vista. El Sr. Markoff
dudó, pero terminó persiguiéndola.
Llegaron a un riachuelo que discurría detrás
de la casa de Socorro y la muchacha dio inicio a un ritual que se repetiría, a
partir de ese momento, todos los días que ella pasara al borde del camino. Se
deshizo con presteza de las alpargatas que vestía desde hace más de cuatro años
y procedió a lavarse primero el pie derecho y luego el pie izquierdo,
cuidando de eliminar por completo la capa de tierra que cubría las blancas
plantas y la arena que se había colado entre los dedos. Cuando hubo terminado
el minucioso trabajo, desenlazó los cordones de sus nuevas botas y se las puso
con lentitud, temiendo que el delicado obsequio pudiera romperse. Oyó un
suspiro del Sr. Markoff, quien había asistido a toda la escena, apoyado contra
un árbol detrás de ella. El hombre se alegraba de ver que las medidas
coincidían cabalmente, habría sido insensato que una mujer como aquélla
esperara tres semanas por unas botas que no le quedaran bien. Socorro había
olvidado su presencia, atrapada en su excitación. Se volteó y le sonrió de
nuevo. El Sr. Markoff comprendió el mudo agradecimiento y consideró pertinente
retirarse.
- - Volveré mañana,
señorita Socorro – Dijo quitándose el sombrero.
-
- Vuelva todos los días, si quiere- Respondió la hermosa muchacha.
¡Qué suerte que fueran blancas las botas!
Aunque algo resquebrajadas por los años, combinaban a la perfección con el
vestido que Socorro de Markoff luciría el día de su boda y eran el complemento
ideal para la nueva vida que la esperaba, lejos del borde del camino.

