Cuando a Marcia le dijeron que iba a morir, no se sorprendió: siempre había presentido que su vida sólo se prolongaría un par de décadas. La tristeza llegó, inevitable pero no arrolladora. Los planes a medio construir terminaron de desplomarse y fueron reemplazados por despedidas premeditadas. La seguridad de la muerte nunca la amenazó…no como el recuerdo de aquél fin de semana.
Ella nunca debió proponerlo y él nunca debió aceptar. Marcia decidió engañarse y pensar que las reglas habían sido lo suficientemente claras, fue difícil afrontar luego ese instante de egoísmo. Él creó las fantasías lógicas, ignoró los acuerdos y quiso encontrar posibilidades en las crudas palabras.
El día llegó, Marcia lo vio y su voluntad falló, los recuerdos volvieron, las convicciones se quebraron y las reglas trataron de desaparecer, pero su decisión había sido irrevocable. Él no tenía una decisión por la cual preocuparse, no había confusión alguna en su mirada, no había conflicto, sólo una contradicción: el nerviosismo habitual y la tranquilidad de saber lo que se quiere.
Los días cumplieron todas las expectativas: él la amó como si el tiempo no hubiese transcurrido, mucho más de lo que ella se merecía y ella lo amó con total conciencia del pasado y sabiendo que el futuro no iba a cambiar. Los días terminaron como ella sabía que ocurriría y como él esperaba que no ocurriera. Ella recordaría ese tiempo con una nostalgia insuficiente, hiriéndolos a ambos.
Tiempo después, todo el peso de su error cayó sobre ella. Él le pidió que recordase, que se atreviera y ella le pidió que razonara, que viera la complejidad del asunto. El diálogo llevó a la ruptura y ella decidió que no lastimaría a nadie más.
La noticia llegó meses después. La causa no le interesaba: un tumor cualquiera o un irremediable sin nombre. Obedeció a su madre en cuanta alternativa propuso, rezó todo lo que pudo y viajó lo necesario, aceptando también las soluciones extranjeras que de nada podían servir. Siempre supo la importancia de ese mes. No albergó en esos treinta días ninguna esperanza, pero comprendió sin dificultad el propósito de cada examen, de cada avión, de cada domingo. No se permitiría manifestar la apatía que quería sentir, no se abandonaría, como habría sido lógico y, sobre todo, no dejaría a nadie pensando que pudo haber hecho más.
La tristeza subsiguiente la afectó mucho. Habría preferido que su familia tuviera, como ella, la inquebrantable convicción de que eso debía suceder, de que no había en esa muerte nada de prematuro, de que su vida siempre había estado destinada a ser un boceto. Dejó que la tristeza llegara, no obstante, y se ahogó un poco en ella mientras trataba de mantenerlos a flote.
Encontraba por lo general mucha paz en la certeza de la muerte. Por lo general…menos cuando lo recordaba, menos cuando se trataba de él. Una tarde le escribió un mensaje simple e inverosímil, algo que él podría no creer: “Voy a morir”. La respuesta llegó unas horas más tarde: “Sorpresa, no eres inmortal, pero tampoco es para que te pongas dramática. Todos vamos a morir”. Marcia no pudo evitar reír, él siempre había tenido un sentido del humor similar al suyo. Luchó con las palabras, no quería arruinar tan rápido el contacto trivial. “Cierto, debe ser que soy demasiado original y por eso me retiro antes”. Él le escribió inmediatamente, comenzando a entender: “¿A qué te refieres?”. No había forma de prolongarlo. “Me dijeron hace unos meses, es irremediable. Quería avisarte”.
Vino la llamada, la confirmación, el asombro y el silencio. Ella lo dijo sin pensarlo, quizás porque era demasiado cierto: “Te quiero conmigo”. En ese momento lloró por primera vez, junto a él y vio cómo la muerte le sonreía irónica, diciéndole que se había equivocado y que ya no podría remediar su error del todo.
Él penetró una vez más sus barreras, como si nunca hubiesen existido. Volvió a su vida sin rencor o tal vez con demasiado pesar. La amó fervientemente, con desesperación, como habría elegido amarla toda una vida. Ella comprendió que no habría tiempo para una relación, que no habría ataduras, ni problemas que resolver, ni niños, ni casa, ni facturas, ni cotidianidad. Supo que lo amaría como siempre había querido amarlo: con libertad y sin dudas.
Ella murió en sus brazos, arrepentida sólo de haberse limitado a darle este amor mediocre y turbio, de haber ensordecido ante sus opciones, de no haber perdonado a tiempo, deseando inútilmente poder vivir más años a su lado. Él supo el momento exacto en que su corazón dejó de latir, como si lo hubiese escuchado detenerse. Se aferró a ella, sin despedirse y sin dejarla ir.
Marcia entendió todo muy tarde, él lo supo siempre.
Ella no se escudaba de la lluvia, no en realidad. La lluvia era sólo un acompañante indeseado e inoportuno que pareció completar el patético cuadro de su humor, como cuando todo está oscuro en las películas de terror. El caso es que corría bajo esa cascada interminable sin prestarle atención, concentrada en su desgracia personal, sin saber y sin importarle adónde llegaría. Creo que en ese momento sí lo sabía. Sabía que necesitaba un imposible, una coincidencia de esas que no alegran, sino que dejan sabor a absurda incomodidad. Fue entonces cuando tocó el timbre.
Esperaba algo diferente, sin lugar a dudas. Quería encontrarse una cara desconocida que no le importara, pero lo encontró a él, con su cara de todos los días. Acotó mentalmente que en pijamas y desconcertado se veía mucho menos amenazador. La lluvia seguía cayendo, el silencio era cada vez más impenetrable y nunca supieron cuánto tiempo estuvieron así. “Pasa”, dijo él y ella pensó que los convencionalismos habían regresado finalmente a su educada mente inglesa.
Pasó, dejando grandes lagunas en el piso de parqué. “¿Quieres llamar a alguien?” Era algo lógico, sin duda. Sin embargo, Sara no tenía ningún deseo de hacer eso. Vinieron a su mente pedazos de las últimas dos horas: la carta, la confesión, los gritos, ella huyendo, una señora durmiendo en las escaleras de un edificio, un niño comiendo un helado, la lluvia, la puerta.
Pasaron los minutos, arrastrándose perezosamente. Se miraban, se estudiaban. Sara disfrutaba estar bajo techo, pero no pensaba en nada más. Isaac se preguntaba qué habría ocurrido, únicamente por curiosidad, porque sólo la conocía de vista. Recordó que no le había ofrecido nada y quiso saber si quería agua. Ella rió, recordando indudablemente que venía de caminar bajo un aguacero. Él rió también, dándose cuenta de lo estúpida que era la pregunta y decidiendo que mejor le ofrecía café o chocolate caliente.
Sara era alérgica al chocolate y el café no le gustaba, pero obvió estos detalles y dijo que un chocolate estaría muy bien. Él salió de la amplia habitación. Se quedó nuevamente sola con los fragmentos incomprensibles de esa noche y pensó por primera vez en el futuro. Eso lo cambiaba todo, no podría volver…al menos no tan pronto. Buscó en sus bolsillos y no encontró nada. Inmediatamente supo que conseguir alojamiento en Londres sin dinero podría resultar complicado. La idea vino a su cabeza fruto de una gran desesperación, pero la descartó en poco tiempo.
Él regresó con una taza del Manchester United. “Gracias” dijo ella luego de haberse tomado la mitad. Él no respondió, la observaba de nuevo, tratando de adivinar. Ella se percató y decidió que debería dar alguna explicación, aunque fuese falsa e increíble. “Salí a caminar, perdí la noción del tiempo y cuando empezó a llover salí corriendo de donde estaba y no supe encontrar el camino de vuelta”. Lo dijo muy lentamente y él supo que no era cierto. “Claro, con lluvia es mucho más difícil orientarse” tuvo que convenir porque en realidad no quería saber la verdadera historia.
Sara limpió sus anteojos con una servilleta y las palabras la abandonaron antes que pudiera detenerlas. “Escucha, sé que no te conozco”. Isaac asintió, era tan evidente aquello que no tenía sentido responder. “Pero no puedo volver hoy…a mi casa, quiero decir, no es por la lluvia…nadie es tan idiota. De verdad no puedo”. Él fijaba en ella sus ojos, más inquisidores que antes. “No tengo dinero ni planes. No los tenía cuando salí” lo miró suplicante, pensaba que tal vez no tendría que pedirlo, que él llegaría a la misma conclusión. Él se sentó en el otro sillón, meditando.
No podía pedirle que se quedara allí, sabía lo poco que le agradaba a su padre tener visitas. Por otra parte, no podía devolverla a la noche, a la lluvia y a la soledad. Recordó vagamente las noticias de ese día, pobre muchacha con sólo 16 años. No podía tampoco acompañarla a ninguna parte, no sabía de hoteles ni posadas. No podía darle dinero porque no tenía. No era que se sintiera verdaderamente conmovido por su situación, pero era una encrucijada de sentido común y culpa. Se fijó de nuevo en ella, con sus lentes más sucios que antes, completamente empapada y mirándolo con fe injustificada.
“Habrá primero que secarte”. Sara abrió los ojos, presa del asombro. Él no dejó que contestara y ella no sabía qué decir. “Luego podrás dormir en la cama de mi cuarto, yo iba a dormir en el sofá de todas formas”. Ella sonrió agradecida por la hospitalidad y la mentira. Él desapareció otra vez.
Bajó con una toalla a los pocos minutos. Ella se secó, o al menos lo intentó. Subieron. Él le mostró la puerta de su cuarto y volvió a bajar. Sara entró, se acostó en una cama vigilada por fotos de artistas y calendarios escolares y ya no recordó nada más. Se iban las peleas, los niños, las señoras, las puertas y las cartas.
Despertó cuando el sol no se había puesto aún. Escribió rápidamente una nota y salió de la casa de Isaac Michaels. Él despertó dos horas después, sin tiempo para extrañarse, porque ya era tarde. Recuerdos insólitos de Sara Ellery danzaban en su memoria. Subió a su cuarto y, aunque no pudo imaginarla durmiendo allí, vio la nota y se vistió. Su madre gritó algo incomprensible desde la planta baja. Él bajó y salió de la casa sin responder.
Sara lo veía desde lejos, él nada sabía. Lo estudió un rato. Isaac Michaels la había sorprendido la noche anterior. No tenía antes de ese momento ninguna idea preconcebida sobre él, pero no le agradaban los de su tipo, en general. Creía, y en el fondo lo mantenía pese a la amabilidad que le mostró, que era un muchacho vulgar, poco profundo y de limitada imaginación. Reía a carcajadas en ese momento, junto a los demás. Sara supo, no obstante, que la broma no le causaba risa y que Isaac tampoco tenía convicciones.
Siempre que analizaba a una persona desconocida, hacía lo posible por hacerla desagradable, por vestirla de defectos y magnificar sus manías. Con Isaac fue diferente, no podía evitar que su pensamiento indiferente se regodeara un poco en la gratitud. Se vio obligada a recordar las cobijas y las sábanas, la lluvia, el chocolate, la prudencia, el desinterés y la generosidad. Supuso que tal vez no fuese tan vulgar. De la imaginación y la profundidad no sabía nada y no opinó. Escuchó su risa y se convenció. No era falta de convicciones, era miedo a la soledad. Mientras caminaba hacia él le dio mérito, porque compartían el mismo miedo.
La miraron extrañados e hicieron silencio. Ella se acercó a él para dejar claro que no tenía interés en dirigirse a nadie más y Isaac frunció el ceño, esperando. “Sólo quería agradecerte como es debido” le tendió la mano. Él la tomó y le dijo que no había sido nada. La vio alejarse demasiado pronto. Sus amigos ya habían retomado la conversación y los chistes que él no entendía.
No la vio hasta después de dos días. Estaba sentada en una banca y se veía incluso más frágil que el día de la lluvia. Aunque él no recordaba un día en que se viera completamente saludable. Buscó en su mente una excusa para acercarse. No veían clases juntos, no tenían amigos en común y no hacían las mismas actividades extracurriculares. Nada. Isaac saludó a Miles, derrotado.
Ella caminaba distraída. Recordando la conversación de la tarde anterior. Se estremeció como si pudiera oír el sonido de la puerta cerrándose y los gritos, muchos gritos, tantos gritos. Él la había visto, pero decidió que debería chocar contra ella para que su encuentro tuviese sentido. Los libros cayeron, los bolsos se abrieron. Él se disculpó, ella lo miró interrumpiendo sus tortuosos pensamientos. “Hola”. Era un saludo idiota, de niños, insuficiente. “Muy bien ¿y tú?”. Ella no había preguntado y él se dio cuenta demasiado tarde de eso. “Debes estar en realidad muy bien, proclamándolo a todo el que te encuentras”. No fue un comentario odioso, sino una expresión espontánea de su sarcasmo, y lo hizo reír. “Pensé que te gustaría saber”. Ella se alejó al darse cuenta que podría comenzar una conversación amigable con él. Lo dejó cuando aún reía e Isaac no entendió lo ocurrido.
Las tardes eran siempre iguales. No que le disgustara su cómoda rutina, pero era irrefutable que sus tardes se pasaban sin novedad alguna. Televisión, deberes, teléfono, un deporte, una película. La nota llegó en circunstancias inexplicables y fue bienvenida inconcientemente. Era simple, nadie podría imaginar al leerla que se trataba del decimonono borrador. Isaac la observó unos instantes: “Ser amigos es imposible, te debo una. Muchas gracias por tu amabilidad ese día”. Nunca tuvo verdaderos deseos de iniciar una amistad con Sara Ellery. Lo intrigaba, sin embargo.
La escena era familiar, la lluvia volvía a acompañarla, constante, pesada, como si tratara de consolarla. Recordó sabiamente que debía mantenerse alejada de esa calle. Vio un aviso que decía algo sobre la grama. Un perro dormía frente a una tienda, dos niños la miraban desde una ventana, una pareja se besaba al lado de un poste. Londres no se daba cuenta, nunca lo hacía.
Isaac regresaba a su casa cuando comenzó a llover y decidió atravesar el parque. Su insensata conciencia le recordó que no debía pisar la grama. Vio la panadería frente a él y lamentó no haber comprado pan, miró fugazmente a la pareja que se besaba y recordó a Michelle. Esas imágenes siempre le recordaban a Michelle. Vio una chica a lo lejos. Supo que la conocía. Podría ser Katherine o Louise. No podría dejar a ninguna de las dos bajo la lluvia. Se acercó, demasiado, a su parecer y se encontró cara a cara con Sara Ellery.
“Ese día pensé que había sido un accidente, pero ahora sé que disfrutas caminar bajo la lluvia los domingos”. Eso había dicho. Sara dedujo en ese momento que tal vez no le faltara tanta imaginación, era la segunda vez que la sorprendía con una respuesta inteligente. Sonrió a pesar de todo, de la situación, de la lluvia y de sí misma. “No lo habrías comprendido si te lo hubiese dicho”.
Él entendió en ese momento que tenía autorización para continuar la conversación. “Estoy atrasado con mis ejercicios ¿Te acompaño?”. Vio que, como aquella noche, ella no notaba el peligro que significaba caminar sola por una calle de Londres a las 3 de la mañana. El sentido común de Sara se activó, cosa que rara vez hacía, perteneciéndole a ella.“Bueno”.
Esa noche no se volvieron amigos. Se refugiaron en un parque. Sara preguntó la hora y él contestó que no tenía reloj. Isaac comentó que había llovido mucho últimamente y Sara le recordó que vivían en Inglaterra. Isaac recurrió entonces a preguntar los gustos de Sara, confirmando luego que no se parecían en nada a los suyos. Ella quiso contribuir a la estancada conversación y preguntó entonces qué planes tenía. Isaac no podía responderle inteligentemente. De hecho, no podía responderle en forma alguna porque la verdad es que no tenía idea. Sara le comentó su bien trazado plan y él pareció impresionado. La lluvia dejó de caer, interrumpiendo sus esfuerzos por sentirse cómodos en la presencia del otro.
No, esa noche no se hicieron amigos. No obstante, Isaac supo que Sara tenía sentido del humor, y planes y gustos exóticos y Sara supo que Isaac no tenía reloj, ni un futuro descifrado, ni gustos impresionantes. Después de esa noche, Isaac estuvo seguro de que Sara Ellery no quería hablar de lo que pasaba los domingos de lluvia y Sara supo que Isaac Michaels era una buena persona, aunque hiciera comentarios evidentes.
Años después recordarían la lluvia con melancolía. Reirían por lo insólito que fue todo y se preguntarían qué habría pasado si ese domingo la mamá de Sara no hubiese descubierto las infidelidades de su esposo.
Hoy me desperté con tus acordes, me acarició tu guitarra. Te vi y eras gitano, soñador, demasiado libre. Me vi y seguía siendo la misma, a pesar del ardor, genuflexa ante la realidad. Escuché tus palabras maltrechas, llenas de otros idiomas e innecesarias. Supe que de haber podido optar por la sorpresa, te habrías dedicado a tocar sin pronunciarlas. Noté tu mirada devota, como si la única deidad existente yaciera entre tus manos. Me regodeé en las notas extrañas, lejanas. Me sentí poderosa y apasionada. Era como si viajara, como si hubiese decidido caminar por una calle solitaria de Londres. Te observé y no pude creer que en tu melodía pura e irreverente hubiese sólo un instrumento. Me pareció extraordinario y quise que fueras el soundtrack de mi vida. Bell’Italia, Belle la France. Merci T.C.
El café estaba casi frío, detesto cuando eso pasa…es por esa manía de los extremos. Lo puse en la mesa y miré a Silvia, por algún extraño motivo aún no había respondido mi pregunta.En ese momento pareció darse cuenta y la perspicacia de sus ojos se hizo evidente.
- Por lo del fraude bancario. Dijo mirándome, evaluándome, esperando.
Aquella frase fue arrojada hacia mí con tal naturalidad que parecía haber sido sacada de la más sincera mundanidad. Tuve que reírme, pero aquél absurdo dejaba un sabor amargo, como si pudiera ser verdad.
- Pensé que lo sabías, toda la familia lo sabe. Silvia alzó las cejas, siempre lo hacía cuando quería enfatizar algo.
Supe que la había estado contemplando horrorizada a pesar de no tener ningún espejo cerca. ¿Fraude bancario? Me había preguntado muchas veces a qué se debía que vivieran tan lejos, asumiendo frecuentemente que se trataba de un asunto de gustos, de un deseo de partir que no llegó demasiado lejos o de oportunidad de trabajo…no de huir.
La parte más infantil de mi ser dejó de jugar a los sueños y se emocionó un poco. La perspectiva de lo criminal era excitante, la certeza del escape era liberadora y el descubrimiento del secreto, muy satisfactorio. Casi me sentí en el medio de un rito de paso, como si estuviese finalmente apta para conocer las verdades menos sublimes.
Creo que sonreí, porque el semblante de Silvia pasó de la preocupación a la tranquilidad en segundos y ella también sonrió.
La complicidad nace en los lugares más extraños y tiene incontables caras. A veces se parece a una noche escuchando confesiones, a dos miradas que convergen en el mismo chiste, a una circunstancia que obliga o, en el mejor de los casos, a una tarde inesperada tomando café demasiado frío.
Lo que más duele es el copretérito, se reniega del "ía" como si cada frase te arrojara contra la realidad. El presente siempre se queda. Se desvanece la cotidianidad y comienza la lucha por no olvidar mientras se trata de no recordar demasiado. El mundo nunca se da cuenta, las penas privadas son contaminadas por lo mundano, por diligencias, por clases, cuentas, gente feliz. Quedan muchas veces las frases trilladas acompañando al protocolo que no interesa. Hay ganas de dormir, de alejarse, de mentir. Déjenme mi presente, llorar lo increíble y morir.
Pido un minuto de silencio por todo el sentido común muerto en batalla el día de hoy. ¿Ahora qué? ¿vitalicio? Más allá de las predilecciones, ¡qué semerendo disparate!
Y vino ella con su juicio severo e inmutable, lo repartía como una sentencia, segura de que a todos nos interesaba. Pensaba que tras sus palabras devendríamos algo diferente, algo con sentido.
Sorprendentemente, sin embargo, yo la encontré fascinante y a mi sí me interesó. Vi en ella una tenacidad que sólo había notado en Clara, pero sin crueldad. No sentía en ella el deseo de destruir verdaderamente, a pesar de sus palabras acusadoras.
¿La amaba en ese momento? Lo dudo, pero definitivamente Clara se hizo un poco menos importante desde ese día.
Un día se despertó. Se vio por primera vez al espejo, como saliendo de un infinito letargo. Palpó su rostro, otrora lozano, y se preguntó qué habría pasado con él. Recorrió con la mirada las ojeras, semejantes a desvelos de madre, de mujeres mucho mayores que ella. Se desvistió. Se miró por primera vez sin excusas, sin evasivas. Notó los lugares que el sol había oscurecido, las nuevas cicatrices y los cabellos desarreglados. Se preguntó esta vez cómo había dejado que eso sucediera.
Concluyó, sin equivocarse, que había cambiado. No era su cuerpo el único testigo y víctima de tal transformación. Le sorprendió comprobar que sus ideas de hace seis años se presentaban en su mente como cursis garabatos de adolescencia, que los "rituales paroxísticos" habían sido sustituidos por actividades más tranquilas, encerrada, segura, asustada. Vio que tal evolución había dejado espacios en blanco, tenía objetos extraviados y estaba incompleta.
Mirándose sin piedad, le pareció inverosímil que tan sólo seis años hubiesen pasado: las consecuencias le parecieron nefastas, las medidas muy diferentes y el interior muy inconforme. Parte de ella se enorgullecía, bramando que había logrado escapar de la vanidad, como un necio mártir. La otra parte, sin embargo, sabía que era necesario hacer enmiendas, endurecerse y cambiar de nuevo.
El doctor Jaime del Valle ha, ciertamente, cambiado mucho. Conseguí en él pocos rastros del muchacho que conocí hace tres años. De sus noches de embriagarse queda sólo un reproche de hombre maduro. De su amor detallista, queda el aislamiento. Exacerbado está, sin embargo, su deseo de ayudar, sus principios y su testarudez. Su inteligencia y sentido del humor agudizados por los años. De Jaime estudiante quedan también los argumentos laberínticos y la capacidad de reir.
Es indudable que el doctor Jaime ha sido siempre un personaje particular, desde su inclusión en la historia. Tras una separación extraña logró sumergirse en las sombras y aparecer de repente, sólo cuando fuese necesario, sin dar señales de querer renunciar a su nomadismo y asentarse como amigo. He pensado que tal vez no quiera o no pueda.
Es probable que no tenga tiempo, que no le interese o que no se sienta cómodo. A pesar de eso, no se va. Me alegra saber que cuento con él, sino para la cotidianidad, al menos para lo que importa y que puede volver más calmado y menos infantil.