Victoria Silva nació en medio de un diluvio autumnal y, predeciblemente, combatiría tempestades hasta el final de sus días. Ser la mayor de seis hermanos y tener padres que dedicaban limitado tiempo a criarlos le dejó poco espacio para la banalidad. Fue una niña demasiado independiente e inevitablemente resentida. La naturaleza de su carácter la habría convertido en una adolescente despiadada, de no haber sido por Layla.
El 15 de agosto de 1.994, Victoria despertó bruscamente a causa de una retahíla interminable de gritos provenientes del primer piso. Desde su cuarto, sólo escuchaba palabras aisladas que su mente infantil no logró conectar. Un año más tarde, el divorcio de sus padres le haría comprender que esa mañana el señor Silva había descubierto el adulterio de su esposa. Quería volver a dormirse, pero sabía que no podría. Vio sin sorpresa que sus dos hermanas, Laura y Sofía, lloraban abrazadas en la cama contigua. Esa mañana, como tantas otras, asumiría el rol de madre que la señora Silva rehusaba desempeñar.
Un portazo anunció el final de la disputa dos horas después. Una vez que su madre se hubo encerrado en su cuarto a llorar, Victoria salió de la casa, decidida a alejarse. Se dirigió al parque, como solía hacer cuando se sentía agobiada y deseó fervientemente encontrarlo desolado. Sin embargo, no fue así; una niña jugaba animadamente con una muñeca. Estaba sentada de espaldas a ella y Victoria se aproximó sigilosamente con el propósito de asustarla. Se encontraba a pocos centímetros cuando fue interrumpida súbitamente por una voz impasible.
- ¿Quién eres? –
La otra niña le daba la espalda aún y eso la asustó levemente.
- ¿Cómo supiste que estaba detrás de ti? –
- Haces mucho ruido –
La desconocida se volteó pero, en lugar de mirarla, observó un punto lejano en el horizonte. Victoria no había conocido a ningún ciego, pero evaluó los ojos de su acompañante con perspicacia, convencida de que algo no estaba bien.
- ¿Por qué miras hacia allá? –
- En verdad no puedo ver…no importa mucho en qué fije la mirada.
Victoria escuchó la risa de alguien acostumbrado a sus limitaciones, pero se sintió incómoda y no dijo nada. La niña dejó de reír, adivinando el motivo tras el silencio.
- No te preocupes, no tenías forma de saber. Me llamo Layla.
- Yo me llamo Victoria –
- ¿Quieres jugar conmigo? –
La niña Victoria ya tenía mucho de la adolescente Victoria y desconfió instantáneamente de la repentina amabilidad.
- No traje juguetes –
- Yo tengo dos muñecas –
Victoria aceptó renuentemente, diciéndose que podría salir corriendo si llegaba a pasar algo extraño. Habían pasado un cuarto de hora jugando cuando Layla, llena de curiosidad, preguntó:
- ¿Vives cerca de aquí? -
- Sí, a cuatro casas –
- No sabía…y ¿Por qué saliste hoy? –
- Estaba aburrida –
Victoria mintió sin remordimientos, no tenía deseos de confesar sus problemas familiares a la única persona de su edad que parecía firmemente decidida a ser su amiga. En ese momento, una señora de rostro severo y mucho mayor que su madre se acercó a ellas. Miraba únicamente a Layla con una devoción hierática que le era desconocida.
- Ya tenemos que irnos, despídete hija -
Las cejas de la niña descendieron hasta tocarse en un gesto de reproche.
- Pero mamá, quiero quedarme a jugar con mi nueva amiga –
Victoria no pudo ocultar su asombro, esa frase le había revelado dos cosas. La primera era que Layla daba una importancia liliputiense a la atención que ella anhelaba desesperadamente en su hogar y la segunda, que esa chica ciega y caprichosa sería su mejor amiga.
En los diez años que siguieron, esa amistad destruiría gran parte de sus tristezas, devolviéndole la fe y haciéndola más feliz. De igual manera, Victoria evitaría que Layla sucumbiera ante el miedo y le mostraría cómo burlarse de la imposibilidad. Juntas, tendrían una infancia llena de dragones, misiones, príncipes y guerras. Su magnetismo atraería nuevos amigos dispuestos a acompañarlas en sus extravagancias y la soledad se esfumaría como si nunca hubiese podido existir. La adolescencia, por otra parte, las amenazaría con gustos opuestos, amigos nuevos y opiniones contrastantes pero no las separaría. Sus aventuras pueriles se convertirían en proyectos extraordinarios y se aferrarían a la vida con vehemencia.
El 10 de julio de 2.004, Victoria hablaría con su mejor amiga por última vez. Estaban en el cuarto de Layla, sentadas en el sofá, conversaban de trivialidades y bromeaban despreocupadamente.
- ¡Creo que estas serán las mejores vacaciones! –
- ¿Por qué? ¿Finalmente le dirás a Javier la verdad? –
El tono de Layla era juguetón y Victoria le arrojó un cojín, sonrojándose ligeramente.
- ¡Claro que no! Me refiero al curso de arte en París –
- ¡¿Ya recibiste la respuesta?! Pensé que la enviarían en dos semanas-
- ¡Yo también! Pero mi trabajo los impresionó y me llamaron ayer… ¡Estoy tan feliz! –
Gritaron y se abrazaron en medio de una gran exaltación. Se fortalecía cada vez más la convicción de poder lograr incluso sus metas más alocadas. Quedaron en silencio un instante, maravilladas. Victoria fue la primera en hablar:
- Es como si todo tomara forma…como si nuestras vidas estuvieran por comenzar. Debo confesar que me da un poco de miedo –
- ¿Miedo? ¿A que no entiendan tu escaso francés y te veas obligada a hacer gestos para poder comer? -
Ambas rieron con ganas y Victoria agradeció infinitamente el comentario, había logrado distraerla brevemente de sus preocupaciones. Layla sabía, no obstante, que no había sido suficiente.
-En serio, ¿Qué puede asustarte? –
- Fallar, descubrir que no sirvo para la pintura y no saber qué hacer –
- Entonces nos iremos dos años a la India en un viaje de peregrinación y meditaremos hasta que te redescubras…todo va a estar bien, esta es la edad para fallar. Tenemos toda una vida para hacer las cosas bien
La calculadora voz de la Dra. Stevens la sobresaltó. El mutismo de los últimos diez minutos sólo había sido interrumpido por las anotaciones frenéticas de la psiquiatra y Layla había esperado fervientemente que se prolongara hasta el final de la sesión.
Estaba sentada en un gran sillón de cuero, indudablemente confortable de una manera tradicional. Desconocía la apariencia del consultorio, pero asumió que era un reflejo fiel de la arrogancia que su dueña destilaba. Frente a ella, una mujer de casi cincuenta años luchaba con tres problemas fundamentales, en su opinión: una conducta distante, producto posiblemente de una vida sin retos, el uso de eufemismos que no lograban disfrazar su incredulidad y el hecho de buscar anomalías en la mente de una persona completamente cuerda. La paciente se permitió suspirar profundamente, decidida a no seguir enmascarando su aburrimiento y respondió con voz cansada.
- Todas las noches desde el 23 de julio –
El efímero mundo de los sonidos, tan insignificante para algunos, permitía a Layla desentrañar los misterios de la realidad. Dotada de una audición excepcional, había aprendido desde temprana edad a confiar principalmente en lo que oía, dejando los otros tres sentidos como recursos de emergencia. De esta manera, se acostumbró a distinguir las sutilezas que diferenciaban cada voz, a desenterrar el sarcasmo de las frases más inocentes y a construir identidades utilizando patrones de marcha o respiración.
Fue por eso que, tras haber escuchado por cuarta vez los inconfundibles pasos de la difunta Victoria en su casa, Layla se despojó de toda duda. Supo que, sin importar cuántas excusas pudiese idear y en contra de toda lógica, su mejor amiga había logrado volver. Se preguntaba frecuentemente si había sido desterrada por Hades o si la Iglesia Católica había creado una campaña publicitaria que incluía un segundo Lázaro. La muerte se convirtió en su obsesión, llenándola de sombras.
Comenzó a separarse de la vida sin siquiera notarlo, renunció a las melodías y a sus huidas literarias habituales, exploró lo pagano y recorrió lo sagrado. Desafortunadamente, los laberintos estudiados terminaban enfrentándola con su fe, notoriamente debilitada, y se sintió acorralada. Sólo consiguió avalar sus teorías con algunos testimonios demasiado fantásticos. Layla diría años después que la génesis de su frustración no era la oscuridad, sino el sentirse tan lejos de la luz.
Los señores Duque, aunque irrefutablemente inteligentes, eran incapaces de adivinar las batallas de su hija y tuvieron muchas dificultades en comprenderla. Al principio atribuyeron el carácter inusualmente retraído de la muchacha a una tristeza esperada, tomando en cuenta las circunstancias. Sin embargo, cuando terminó el primer mes y vieron que su estado estaba lejos de mejorar, empezaron a alarmarse. Intentaron dialogar con ella sin resultado alguno, Layla los amaba incondicionalmente y no confesaría jamás la causa de su perturbación. Rehusaba exponer a dos personas tan convencionales a una explicación basada en un fenómeno sobrenatural.
Un jueves en la tarde, la señora Duque decidió que se dedicaría a buscar respuestas. Sabía que ese día Layla se vería obligada a ir a la academia de danza y aprovecharía las dos horas que pasaría allí. Subió las escaleras con la intención de pedirle a su hija el teléfono pera llamar a la oficina y avisar que no iría. Se detuvo abruptamente, podía oír murmullos sofocados de una conversación en curso. Contra todos sus principios y aupada por la más genuina desesperación, puso su oreja contra la puerta.
- ...¡Te digo que puedo oírla! Todas las noches es lo mismo…yo tampoco lo entiendo, Javier, pero Victoria ha regresado y trata de decirme algo –
La voz de Layla se debatía entre la euforia y la confusión. Su madre no escuchó nada más, bajó las escaleras lentamente, horrorizada. Habría cambiado ese momento de entendimiento por otros tres meses de sospechas injustificadas, no podría soportar jamás que su única hija se hubiese entregado a la locura. Con lágrimas en los ojos entró al comedor, donde su esposo leía plácidamente el periódico. Al verla, el señor Duque alzó sus pobladas cejas con preocupación, pero no tuvo oportunidad de articular palabra.
- La situación es mucho peor de lo que creíamos, Federico –
- ¿Has establecido algún tipo de comunicación con este…fantasma? –
Layla frunció el ceño, interesada por primera vez en la conversación. Debía admitir que se había conformado con escuchar atentamente el caminar apresurado de su amiga desde la seguridad de su habitación, sin atreverse a bajar las escaleras y confrontarla.
- No – Contestó con total honestidad.
- ¿Por qué? –
- Tengo miedo –
- ¿De lo que pueda decirte? –
En realidad, temía que la muerte se la llevara de nuevo, pero optó por no decirle eso a la persona encargada de evaluar su salud mental. Respondió con una verdad incompleta.
- No sólo eso, también me asusta no saber qué decir -
Un timbre anunció el final de la consulta. Volvía a escucharse el ruido del lápiz corriendo raudo sobre un pedazo de papel. Layla pensó que eso le daba permiso para retirarse y se levantó. Agarró el picaporte y, antes de salir, alcanzó a oír las últimas palabras de la psiquiatra. Su voz estaba teñida de incertidumbre y su paciente no se equivocaba al suponer que estaba probando un nuevo enfoque.
- Debes hablarle, no vuelvas la próxima semana si no lo haces –
Layla estaba en su habitación, escuchaba su CD favorito de Elton John mientras recorría con los dedos las páginas de “Historias de Cronopios y Famas”. Era viernes, lo cual habría significado un paseo al centro con sus padres seguido de pizza y helados. Ese día, sin embargo, se había despertado particularmente melancólica y había optado por el claustro y la tranquilidad.
El teléfono sonó a las cuatro de la tarde. Del otro lado del auricular la recibieron sollozos, palabras incoherentes que tropezaban unas con otras y una tristeza tan abrumadora que hacía imposible la comunicación. Se repetía la misma frase una y otra vez: “Está muerta, Layla…está muerta”. No sabía a quién hacía referencia la voz quebrada de Javier y eso la angustiaba aún más. Esperó unos instantes, pidiendo a su interlocutor que se calmara. Luego de dos largos minutos vino un susurro débil e inverosímil. Layla señalaría ese momento como el inicio de todo. “Victoria…fue un accidente”. Oyó el estruendo del teléfono al golpear las lozas de cerámica. Los gritosde Javier se desvanecieron.
Dos horas más tarde, las súplicas de su madre la devolvieron a la realidad. Nadie hizo preguntas, la noticia los había alcanzado, sin duda. Ella se sintió aliviada, habría sido incapaz de explicarles que su mejor amiga acababa de morir. Se levantó de la cama sin hablar, las palabras de aliento de sus padres le parecían lejanas. Se dedicó a llorar en los brazos de su madre.
La muerte era una noción desconocida para ella, una posibilidad tan distante que nunca la había considerado seriamente. Layla, en su inevitable arrogancia adolescente, la veía como una preocupación de ancianos y enfermos. Victoria Silva fue la primera en destruir esa hipótesis y también la que más pesar le causó con su partida. La amistad había comenzado diez años antes con un encuentro fortuito, producto de un vecindario muy pequeño y un día demasiado aburrido. A partir de ese momento, Layla describiría a Victoria como un ser extraordinario en su simplicidad y recordaría que fue ella la primera en mostrarle la fragilidad de los límites.
La señora Duque le dijo que debía prepararse para el velorio y tanto ella como su esposo salieron de la habitación. Layla se quedó inmóvil hasta mucho después de oír la puerta cerrarse tras ellos. Se sentía desorientada, su mente repasaba los planes inconclusos con zozobra y se aferraba a los recuerdos como si temiera una amnesia repentina. Desfilaban los consejos de Victoria, su risa atronadora, sus bromas inapropiadas, sus momentos serios tan diferentes, sus rabias y los pocos gritos que emitió. Pensó brevemente en el futuro y en el copretérito que no podría eludir de allí en adelante.
Ir al velorio fue la peor parte. El protocolo le parecía frívolo, las frases habituales le parecían inútiles contra el dolor arrollador de los familiares y los amigos eran demasiado jóvenes para recibirlas. A su alrededor, todos tenían las mismas conversaciones: “¡Tan joven! fue muy inesperado”, decían. “Dicen que el conductor del otro auto tiene suerte de estar vivo”, respondían. Oyó a lo lejos la voz queda de un sacerdote y salió de la habitación con rabia atea.
La saludó una brisa burlona acompañada de algunas carcajadas infantiles. Layla se sintió indignada. Era como si el mundo no se diera cuenta, como si estuviera decidido a contaminar las penas privadas con una felicidad mundana. Se quedó allí hasta que los cantos cesaron y, cuando supuso que la ceremonia había finalizado, entró de nuevo para encontrar a sus padres. Se fueron pocos minutos después.
Esa fue la primera noche de su largo insomnio. Durante las semanas subsiguientes, se acostaría en la cama y escucharía reiteradamente una cinta de felicitación que Victoria le había regalado en su último cumpleaños. Habían pasado quince días cuando Layla oyó por primera vez los pasos de su mejor amiga en el primer piso.
La historia de Layla es bastante singular. Sus padres, conservadores y ávidos de estabilidad, habían cometido un último acto de espontaneidad al llamarla como una popular canción de los 70. A la muchacha le angustiaba pensar que sus progenitores eran víctimas de dos cosas: una estrechez de pensamiento que estaba de moda cuando nacieron y del amor incondicional que sentían por ella. El romance que vivieron tuvo poco de original y nada de épico.
Se conocieron en el liceo, cultivaron una amistad pudorosa y controlada, sus familias se presentaron formalmente, ellos se hicieron novios y diez años después, se casaron. Sus vidas habían sido planificadas por otros hasta el detalle más nimio y se encontraron con un matrimonio tranquilo y digno, lo último siendo particularmente importante. Ambos empezaron a trabajar al finalizar sus estudios y siete años más tarde, anunciaron a los ansiosos parientes la llegada de un nuevo miembro al clan familiar. Esta sería la primera y única hija de los Duque.
La primavera de 1.987 comenzó con su llegada. Su madre diría posteriormente que Layla nació de la poesía y destinada a escribirla. Fue amada instantáneamente y de forma desmesurada a pesar de haber aparecido mucho después de lo acostumbrado, de haber suscitado rumores de matrimonios inestables e infertilidad y de tener ojos que nunca le permitirían ver.
Esto último, no obstante, sería axiomático en las decisiones que tomarían los Duque a partir de ese día. El desasosiego causado por su necesidad de escudarla del mundo devino en un miedo injustificado al cambio. Esperaban poder ahogarse en días repetidos, transformarlos en eco. Se obsesionaron con la idea de construir un mundo inmutable, tal vez creían que su hija no podría superar lo inesperado o quizás querían presentarle una realidad letárgica para que ella nunca añorara poder percibirla por completo.
Layla, por su parte, vino al mundo famélica de vida. Tendría siempre la convicción de poder emanciparse, lucharía incansablemente por encontrarse yno se conformaría con fragmentos de existencia. La pusilanimidad de sus padres hacía que quisiera deshacerse de sus propios miedos. Creció extrovertida, carismática, inteligente y con una audición privilegiada que la hizo popular entre sus amigos. Participaba en todas las travesuras escolares, asumiendo habitualmente el rol de líder y creando aventuras capaces de humillar a Tom Sawyer. Desempeñaba en dichas empresas un papel vital, pues su extraordinario oído hacía de ella una vigilante ideal y su gran ingenio le permitía servir de distracción. Sus amistades bromeaban diciendo que, de no ser ciega, sería muy difícil dominar su temeridad.
Por lo general, agradecía tener la capacidad de oír mejor que los demás. Lo sentía como una compensación lógica por estar confinada a imaginarse su entorno. Atesoraba especialmente los momentos en los cuales la voz de su madre la sorprendía con un dejo de intrepidez o cuando sabía que su padre se estaba esforzando por suprimir una risa, en general, todo lo que los hacía más humanos. Renegaba a veces de su don, no obstante, pues magnificaba los llantos, los gritos y demás sonidos destructores sin que ella pudiera impedirlo.
A los quince años ya conocía las majestuosas palabras de Neruda, se internaba en la oscuridad de Poe, reía con la mordacidad de Twain y se deleitaba en el absurdo de Cortázar. Ideaba poemas e historias cortas, alimentando su sueño de convertirse en una escritora famosa. Iba a clases de danza e inglés y tenía una predilección irónica por la música de Eric Clapton. Pero sobre todo, y nunca en detrimento de sus aspiraciones, Layla se consideraba una persona muy realista. Por eso el día que empezó a escuchar ruidos extraños en la planta baja de su casa tuvo la certeza de no estar siendo engañada por su mente.