basta
Creo que hay momentos tan oscuros e infames en la vida de las personas,
que siguen viviendo por pura curiosidad, porque eso de que “todos los humanos
vivos tienen un propósito”, empieza a parecer estadísticamente muy poco
probable. Sin embargo, quienes te aman te lo dicen, y es que es una de las
mentiras más necesarias que hemos decidido pasar de generación en generación. Aparte,
es sumamente inteligente, porque mantiene el suspenso sin exigir nunca
resultados. Cuando llegamos a viejos, agarramos algunas de las experiencias que
llevamos a cuestas, hacemos resumen y determinamos que sí, efectivamente, debió
haber cumplido nuestra existencia algún propósito. Igual, en ninguna parte hay
que dar cuenta de cuál fue, ni a nadie le interesa saberlo.
Los que te aman te llevan lejos del borde de la vida, y no solo te
repiten la mentira perversa que también debe regir sus propios días, sino que ubican
ese propósito en otros. “Vivir para ayudar a tu familia”, “¿Qué habría pasado
con tal persona si tú no lo hubieras empujado a alcanzar su máximo potencial?”,
“No sabes quién se podría enamorar de ti”. Locus externo del valor humano, un
sistema de entreayuda que mantiene girando los engranajes del mundo, como si
formáramos todos una gran pirámide que no tuviera otro objetivo que seguir
siendo una pirámide y como es de gran tamaño, creemos que tiene gran
importancia, pero nadie sabe muy bien para qué.
Lo cierto es que podemos perfectamente “estar de más”. Sino, se
otorgarían licencias de vida y alguien vigilaría si estamos usando los años
para movernos hacia “el propósito” o si, por el contrario, convendría
revocarnos la licencia. Somos demasiados, es una muestra de ego sin precedentes
pensar que estamos construyendo algo que nadie más sabría construir. De pronto,
tenemos que aceptar la derrota, agarrar los modestos logros que acumulamos en
un breve paso por el mundo y movernos hacia el siguiente vacío, sin pensar
mucho en aquella persona que ayudamos alguna vez o en esa pareja misteriosa que
llegará para darle sentido a todo. De pronto, toca mirar la curiosidad a los
ojos y decirle “basta”.

